¿Qué es la Forclusión?

La forclusión es un concepto introducido en el mundo del psicoanálisis por Jacques Lacan (1901-1981), psiquiatra y psicoanalista francés, en su intento de identificar una causa para la patología mental denominada psicosis. Corresponde a la traducción del término alemán Verwerfung. 

A través de la lectura freudiana, Lacan en sus escritos, identifica como origen de la psicosis a la forclusión del significante del Nombre del Padre. Hace a su vez una distinción entre el padre imaginario, el padre simbólico y el padre real; siendo la ausencia del padre simbólico, la que está vinculada a la psicosis.

Es de esta manera, como la forclusión es un mecanismo propio de la psicosis, donde una idea o elemento inconciliable para la consciencia, es rechazado fuera del orden simbólico como si nunca hubiese existido.

La forclusión es entonces un mecanismo psíquico distinto al de la represión. La diferencia radica en que en ésta, la representación o idea inconciliable para el yo, se aloja en el inconsciente mientras que el afecto tiene diferentes destinos. Se aloja en el inconsciente al igual que la representación, se une a una representación no intolerable para el yo, o bien deviene en angustia.

En cambio, en la forclusión, el yo rechaza la idea inconciliable junto con el afecto ligado a ella, no quedando rastros ni de uno ni de otro borrando de este modo, cualquier indicio de su existencia. Aquello que es forcluido es lo que Lacan denomina como el significante fundamental, el significante del Nombre del Padre.

Introducción a la teoría lacaniana de la forclusión: los tres registros

Para comprender la teoría lacaniana de la forclusión del Nombre del Padre, resulta menester tener presente los tres registros que Lacan utiliza para explicar la realidad del ser humano. Puesto que son el eje central de toda su teoría.

Estos registros son tres, y siendo denominados como:

  • Lo imaginario
  • Lo simbólico
  • Lo real

Imaginario

El primero de los registros, el imaginario, hace referencia al lugar donde ocurren las primeras identificaciones del niño.

El niño no nace completo ni acabado. Es a raíz de la percepción de su propio cuerpo que adquiere la noción aparente de completud. A partir de ello puede entonces diferenciarse de otros, intentando luego imitarlos.

Como consecuencia de estas identificaciones, el yo comienza a construirse en el registro de lo imaginario, a partir de una imagen externa, de una identificación imaginaria que es proveída por la imagen del otro.

Simbólico

El segundo de los registros propuestos por Lacan refiere a lo simbólico. En este registro el yo continúa desarrollándose desde aquello que proviene del mundo exterior, en este caso, por medio de las palabras que dicen los otros, principalmente sus padres.

Es decir, que las identificaciones se harán con aquellos significantes pronunciados por ellos., viéndose lo imaginario, estructurado por el lenguaje.

Real

El último de los registros, lo real, no debe confundirse con la realidad. Lo real refiere a aquello que escapa a lo simbólico, aquello que también está excluido de la realidad, lo que carece de sentido. Puesto que también escapa a la significación.

La forclusión y la psicosis

Lacan se refiere a la forclusión entendida como rechazo o repudio, describiéndola como un proceso primario de índole inconsciente, compuesto por dos operaciones complementarias. Éstas son, la introducción en el sujeto de la información primaria y la expulsión fuera del sujeto, constituyente de lo real.

Considera que ésta es la etapa previa a toda articulación simbólica, siendo primordial en la relación del sujeto con el lenguaje, con el símbolo.

La forclusión del Nombre del Padre es una pieza fundamental en la clínica de la psicosis desarrollada por Jacques Lacan, teniendo sus orígenes en las enseñanzas de Sigmund Freud. Según Lacan es el significante forcluido el que hace la diferencia entre la psicosis y la neurosis, lo que se manifiesta en el uso del lenguaje.

Es el padre quien opera como la ley y a quien le ha otorgado una función, denominada función paterna; siendo éste un significante primordial en la estructura psíquica del sujeto, actuando como símbolo de autoridad paterna, representando la autoridad y/o el poder del padre del complejo de Edipo. Es a este significante al que Lacan denomina Nombre del Padre.

El Nombre del Padre remite entonces a la prohibición edípica, a la prohibición del incesto, a la castración; apareciendo como una función legislativa y prohibitiva; de ahí su significación como Ley.

Esta injerencia paterna, cumple una función simbólica que trasciende el significado del padre de familia. Puesto que este rol puede ocuparlo cualquier persona que habite dicha posición. No siendo así con esa función simbólica a la que se denomina significante del Nombre del Padre.

Al hallarse ausente dicho significante en la psicosis, hay una falta y ésta corresponde a la falta de la ley.

La no inscripción de ese significante primordial en el universo simbólico del niño, produce un agujero real, produciendo dificultades en la relación del sujeto con el lenguaje.

Esta ausencia en el sujeto no quiere decir que también suceda en la sociedad o en el mundo que lo rodea. Es entonces cuando el sujeto se enfrenta con este significante, que se produce su derrumbe en forma de desencadenamiento psicótico. Aquello que había sido eliminado o suprimido en el interior retorna desde el exterior.

Ahora bien, el hecho de que haya habido una forclusión del significante del Nombre del Padre, si bien es condición necesaria para la estructura de una psicosis, por sí sola no es suficiente para que ésta se manifieste.

Para que esto suceda, debe además producirse una falla en lo imaginario. Es decir, que al existir una falla o falta en lo simbólico por la no existencia del significante primordial, el sujeto intentará desde lo imaginario crear significantes que lo reemplacen y llenen esa falta.

Pero al existir también una falla en lo imaginario, el sujeto puede encontrarse con la falta de esos significantes que vinieron a reemplazar al forcluido, por lo que aparecerá en lo real una manifestación delirante o alucinatoria.

Es de este modo, como se produce un agujero en lo simbólico con la forclusión del Nombre del Padre, lo que permite decir que dicho sujeto posee una estructura psicótica aunque las características o signos de la misma no estén manifiestos.

La reaparición en lo real de ese significante inadmisible para el yo, será imposible de elaborar para el sujeto por lo que entonces se manifestará la psicosis propiamente dicha.

Es a través de la forclusión, por medio de la cual el yo rechaza una representación intolerable, junto al afecto correspondiente y se comporta como si nunca hubiera sido anoticiado de su existencia. Al hacerlo, el yo se desliga también de forma total o parcial de la realidad.

Ahora bien, esta representación rechazada por el yo, de forma inevitable retornará desde el exterior hacia él y consecuentemente se producirán los trastornos típicos de la psicosis.  

De este modo, el significante del Nombre del Padre queda excluido del universo simbólico del sujeto. Su retorno, lo hace en el universo de lo real en modo de alucinación o delirio que invaden tanto la percepción como la palabra del sujeto.

La ausencia de este significante primordial del Nombre del Padre, también es entendida como la no inscripción del significante del deseo del Otro. En la relación madre-hijo, este Otro viene a ser su madre, quien se entiende debería ser quien realice dicha inscripción en el niño, a través de sus palabras.

La función paterna en el complejo de Edipo

Para comprender correctamente el concepto de forclusión del significante del Nombre del Padre, debe tenerse en cuenta el recorrido que Jacques Lacan hace en su explicación acerca del Complejo de Edipo, al cual le atribuye tres tiempos.

Primer tiempo

En este primer tiempo el niño intenta satisfacer el deseo de su madre, el cual siguiendo los lineamientos de la teoría Freudiana, es el deseo del bebé en lugar del deseo del falo (deseo surgido a partir de la envidia del pene y resuelto en la elaboración del complejo de Electra, a través del cual la niña reemplaza su deseo del pene por el deseo del bebé).

En el registro imaginario la madre entonces aparece completa, imagina al hijo como falo. De este modo, por medio de las primeras identificaciones que se ponen en juego, el hijo imagina ser el falo para satisfacer entonces el deseo de su madre. Ubicándose en el lugar del deseo del Otro.

Segundo tiempo

Es aquí donde aparece la figura del padre, casi inexistente en el primer tiempo del Complejo de Edipo, concebida imaginariamente como ley privadora de la madre.

Aquí, ésta aparece como dependiente de un objeto que ha dejado de ser el objeto de su deseo, el falo, sino como un objeto que el Otro tiene o no.

El padre aparece como omnipotente, como poseedor del falo para la madre, según el registro imaginario del niño. Y, al mismo tiempo aparece como temible, dada la competencia y rivalidad para con él, ya que es quien posee el amor de la madre a quien el niño quiere ganarse.

Ante la amenaza de castración, surge en el niño la duda de ser o no ser el falo (el deseo de su madre), operando aquí la función paterna con la castración imaginaria. La cual se hace efectiva simbólicamente.

Tercer tiempo

Aquí el padre es quien da el falo a la madre, no quien lo es. Pudiendo darle a la madre lo que desea porque lo tiene. De este modo el niño reconoce que puede tener o perder el falo, luego de haber reconocido que no lo es. Identificándose entonces con el padre, como poseedor del pene.

La forculsión del Nombre del Padre en la metáfora paterna

La metáfora paterna se refiere a la función del padre, en tanto esta función paterna es de origen simbólico, puesto que el padre nada tiene que ver con su presencia o ausencia física. Siempre está presente en el desarrollo del Complejo de Edipo.

Aparece vinculado a la Ley, a la prohibición del incesto. Es quien prohíbe a la madre. Siendo esta su función en tanto padre simbólico. Esto es una metáfora, donde un significante viene en lugar de otro significante.

De este modo, Lacan explica que el Complejo de Edipo posee la estructura de una metáfora, a la que ha llamado metáfora paterna, donde el padre viene a sustituir al deseo de la madre.

Su función en lo simbólico será la de un significante que sustituye a uno primero que es el deseo de la madre. De este modo, al prohibir al niño del objeto incestuoso, la metáfora introduce una legalidad.

Durante el desarrollo del Complejo de Edipo, para que el niño considere en el orden de lo imaginario, ser el falo de la madre, debe existir en primera instancia, un significante que como tal represente el deseo de la madre. Siendo necesaria la representación de éste para que el niño pueda identificarse.

Este significante primordial con el que el niño se identificará es con el del Nombre del Padre, el cual significará el deseo de la madre, dando origen a una significación, el falo imaginario.

Éste es el mecanismo esencial de la intervención del padre en el Complejo de Edipo, donde la función del padre es la de ser un significante que sustituye a otro primero que ha sido introducido en la simbolización, el significante materno.

En un inicio el niño depende del deseo de la madre siendo esta su primera simbolización pasando la madre a ser aquel ser primordial que puede estar o no. Siendo su deseo el de ser el deseo de la madre.

El Nombre del Padre, en tanto significante, ocupa un lugar en la cadena significante. Y es a partir de su forclusión que la metáfora paterna fracasa, siendo esto condición en las estructuras psicóticas.

Referencias

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