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Humanidades » Lengua y literatura » Elegía

Elegía

Ejemplo de una elegía. Con licencia

¿Qué es una elegía?

La elegía es un subgénero de la poesía lírica donde el poeta se lamenta y manifiesta dolor profundo ante la muerte de alguien. La Real Academia Española (RAE) la define como una expresión poética en la que se siente la muerte de alguien o se expresa tristeza por un evento doloroso.

El origen etimológico de elegía proviene del griego élegos, que a su vez está relacionada con poemas que los antiguos griegos escribían con una cierta métrica, el verso dístico elegíaco, y no se vinculaba especialmente con la elegía funeral.

Históricamente, este subgénero lírico se originó entre los poetas grecolatinos y evolucionó hasta llegar a los poetas españoles, que lo tomaron de la poesía neolatina italiana, no de los griegos. De hecho, la elegía se estableció en la lengua española con el Renacimiento, y aunque en un principio la temática fue de contenido amatorio, cambió a lo que se conoce modernamente como elegía, es decir, un lamento por la pérdida de alguien.

En la poesía española hay algunos clásicos: Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca, o Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández.

Características de la elegía

– Tono melancólico. Predomina la tristeza, el dolor y la nostalgia. Expresa sentimientos profundos ante una pérdida.

– Tema de la pérdida. Suele tratar la muerte de un ser querido, aunque también puede lamentar el paso del tiempo, la juventud perdida, la patria o un amor ausente.

– Expresión subjetiva. Refleja emociones y pensamientos íntimos del autor. Tiene un fuerte carácter personal y reflexivo.

– Reflexión sobre la vida y la muerte. No solo expresa dolor, sino que también invita a reflexionar sobre temas como la fugacidad de la vida, el destino humano o la trascendencia.

– Forma poética. Tradicionalmente escrita en verso, aunque puede aparecer en prosa poética. En la Antigüedad clásica se componía en dísticos elegíacos. En la literatura moderna no tiene una métrica fija.

– Final consolador (en algunos casos). Muchas elegías terminan con una nota de resignación o esperanza.

Ejemplos de elegía

Fragmento de Elegía a las musas, de Solón de Atenas

Hijas espléndidas de la Memoria y del Zeus del Olimpo,
Musas de la Piéride, oíd esta súplica;
dadme bonanza, tocante a los dioses felices; y en cuanto
toca a los hombres, que tenga siempre un buen nombre;
que endulce la vida al amigo y amargue la del enemigo,
respetado por unos, terrible a los otros.
Riquezas, deseo tenerlas, pero con fraude no quiero
guardarlas conmigo: la pena al final siempre llega.
Los bienes que donan los dioses se quedan al lado del hombre
firmes desde la última raíz a la copa;
pero aquellos que el hombre persigue abusando no vienen
con orden; ceden a injustos manejos e indóciles
siguen, pero no tarda en ponerse en medio el desastre.
El principio es cosa de poco, igual que el del fuego,
desdenable al comienzo, pero que acaba en molestia;
para el hombre no duran las obras de abuso.

Puede servirte:   Control de lectura

Fragmento de Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

I

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
   cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
   No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
mas que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir,
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
   allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Elegía del recuerdo imposible, de Jorge Luis Borges

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

Fragmento de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (“La sangre derramada”), de Federico García Lorca

¡Que no quiero verla!
   Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
   ¡Que no quiero verla!
   La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
   ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
   ¡Que no quiero verla!
   La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!
   Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
   No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!
   Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Fregamento de Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

Referencias

  1. Elegía. Recuperado de es.wikipedia.org.
  2. Características de la elegía. Recuperado de caracteristicas.pro.
  3. Definición de elegía. Recuperado de definicion.de.
  4. Elegía. Recuperado de aboutespanol.com.
  5. Significado de elegía. Recuperado de significados.com.
Puede servirte:   Alejandro Casona

Cita este artículo

Lifeder. (20 de febrero de 2026). Elegía. Recuperado de: https://www.lifeder.com/elegia/.

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Por Juan Ortiz

Licenciado en educación mención lengua y literatura, (Udone). Profesor universitario de literatura, historia y música (Unimar y Unearte). Trabajo como escritor, destacando en poesía y narraciones urbanas. Puedes adquirir desde ya mis libros «Antología de la sal» «El jardín de los versos felices» (poesía infantil) en Amazon. Director de la Editorial Naufragio.
Última edición el 20 de febrero de 2026.

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