
Los cuentos de ciencia ficción son los relatos que exploran futuros posibles, relacionados con tecnología avanzada, inteligencia artificial, vida extraterrestre, contactos interestelares, que reflexionan sobre los dilemas éticos y el impacto que eso generaría en la sociedad.
Se diferencia de la literatura fantástica en que en la ciencia ficción están fundamentados los posibles avances tecnológicos y tienen una base científica.
También se le conoce como literatura de anticipación, ya que algunos autores anticiparon el surgimiento de inventos, como Julio Verne, con sus submarinos y naves espaciales.
Aunque este género se base en avances tecnológicos, puede desarrollarse en cualquier época pasada, presente o futura, o incluso en universos y tiempos paralelos. Los personajes varían dentro del abanico de humanos hasta llegar a humanoides, robots o incluso criaturas no antropomórficas.
Los escenarios de estos cuentos suelen variar entre viajes interestelares o hecatombes que provocan mutaciones genéticas en los humanos, e incluso, la evolución de los robots que se apoderan del mundo.
Cuentos de ciencia ficción para niños y jóvenes
Juego electrificante
Daniel era fanático de los videojuegos. Al salir de la escuela fue corriendo a la tienda donde podía jugarlos, pero cuando llegó, solo quedaban dos máquinas disponibles, y una de ellas tenía un letrero de “fuera de servicio”.
Corrió hacia la que estaba operativa, pero un chico le ganó la carrera, y Daniel, en lugar de irse a casa, empezó a curiosear una máquina averiada de realidad virtual.
No supo qué tocó pero lo siguiente que vio fue un rayo de luz azul y en unos segundos estaba en un lugar totalmente distinto.
Todo a su alrededor era de colores vivos, comenzaron a aparecer figuras cuadriculadas que formaban torres y caminos. Además, justo enfrente de Daniel apareció un enorme pasillo que le hizo recordar las autopistas.
Al caminar por ese pasillo vio una galleta flotando y tuvo la intuición de que debía tomarla. La agarró y se la comió.
Al hacerlo, escuchó un sonido: “clin”. De repente empezó a ver en su parte superior derecha unos números que comenzaron a cambiar (una cuenta que crecía).
Le pareció extraño, pero siguió avanzando. Vio otra galleta, repitió la operación y obtuvo el mismo resultado: un clin y la cuenta, que aumentaba.
Entonces entendió que se trataba de una especie de reto, como los que acostumbraba a ver en los videojuegos. Eso lo emocionó y empezó a buscar en todos los recovecos las galletas para sumar puntos. La cuenta aumentaba.
También notó que en el lado izquierdo superior del pasillo, había tres círculos verdes. En su recorrido, encontró algo que no había visto hasta ahora: una planta en una maceta enorme.
Parecía normal, pero estaba algo fuera de lugar. Se acercó, la tocó, la planta pareció tomar vida y se le lanzó encima. Solo pudo ver unos enormes dientes afilados y al segundo siguiente: oscuridad.
Se despertó justo al inicio del pasillo donde estaba la planta. La vio de nuevo pero esta vez no la tocó. Notó que ya solo quedaban dos círculos verdes en la parte superior izquierda.
Avanzó entonces y volvió a ver varias macetas como la primera, pero las esquivó a todas.
De repente encontró una puerta distinta a las anteriores. La abrió y el ambiente cambió; las paredes ya no eran azules, sino de un verde centelleante y el piso no era sólido, sino más bien una especie de red que formaba un puente colgante.
Era un puente muy estrecho donde solo podía caminar con un pie delante del otro.
Al intentar atravesarlo, empezaron a salir desde abajo unas especies de dardos que amenazaban con derribarlo. Uno lo logró.
Volvió a despertar frente a la puerta singular. La abrió y de nuevo el puente. Subió la mirada y ya solo quedaba un círculo verde en el lado izquierdo.
Respiró profundo y se preparó para cruzar. Logró llegar hasta el otro extremo y allí había otra puerta.
La abrió y se encontró con pedazos de metal flotando como nubes suspendidas. Esos pedazos de metal formaban un camino.
Para atravesar ese espacio, debía saltar de un peldaño a otro. Así lo hizo, y a mitad de camino empezó a notar que ahora caían dardos desde distintas direcciones.
Pero Daniel se concentró, saltó y saltó hasta que logró la meta. Otra puerta. Al abrir esta puerta vio una luz muy brillante que no pudo resistir. Tuvo que cerrar los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba en el suelo viendo el techo de la tienda. Había mucha gente a su alrededor examinándolo.
Daniel había recibido una descarga eléctrica cuando curioseaba la máquina averiada.
Todos creían que había sido una experiencia dolorosa, pero Daniel sentía que esa había sido la aventura de su vida. ¿A qué videojuego había jugado?
Carlos y el viaje a Astúnduru
Esta es la historia de un piloto de cohetes, Carlos, que amaba su trabajo. Le encantaba salir al espacio exterior y pasar horas observando la Tierra y las estrellas.
Uno de esos días de viaje, su visión fue interrumpida por una mano verduzca y un rostro largo con enormes ojos oscuros.
Carlos saltó del susto y sus copilotos le preguntaron qué había pasado. A Carlos le avergonzó confesar lo que había visto. Ni siquiera estaba seguro de qué era lo que había visto, así que no dijo nada.
Pasado un rato se armó de valor y volvió a asomarse a la ventana. No vio nada.
Siguió con sus tareas rutinarias en la nave, hasta que se olvidó de lo ocurrido y de nuevo volvió a su tarea favorita: contemplar el paisaje por la ventanilla.
Mientras observaba el espacio, vio de nuevo a la figura, pero esta vez no sintió tanto temor, sino curiosidad.
Observó con atención los largos dedos de la criatura, que más bien era pequeña, y que usaba una especie de traje ajustado verde que le cubría de los pies a la cabeza.
Tenía una cara pálida y estaba descubierta, por lo que sus grandes ojos negros destacaban aún más. En el torso llevaba una especie de cadena muy larga que lo sujetaba a lo que parecía ser su nave.
Pero a Carlos le llamaba la atención la expresión de sorpresa curiosa que podía distinguir en el rostro del ser, que para su sorpresa le hizo señas con sus manos. Señas que no entendió.
Sin embargo, sin que nadie más lo notara, se las ingenió para salir de la nave y ver de cerca al personaje.
Cuando estuvo frente a él le saludó con un lentísimo:
-Hoooo-la.
A lo que el personaje respondió con una sorpresiva naturalidad:
-Hola, ¿qué tal? Soy Eirika Spinklin. Llevo tiempo observándote y me gustaría que fuéramos amigos.
-¿Cómo es que entiendes mi lengua y la hablas? -preguntó, sorprendido, Carlos.
-Larga historia que se resume en: he tenido muchos amigos humanos. ¿Quieres ver algo asombroso? He notado que admiras el espacio exterior.
-¡Claro! -respondió Carlos sin dudar, aunque enseguida notó que no tenía ni idea de lo que eso podía significar.
Eirika lo tomó de un brazo y lo llevó hasta lo que parecía ser una nave espacial. No tenía propulsores ni nada. Era como si flotara y se deslizara en el éter, al mismo tiempo.
En el interior de la nave había mucha luz y un espacio tan amplio que era imposible pensar que estaban dentro de una nave. De hecho, no había cables, botones ni palancas a la vista.
Eirika le indicó que podía sentarse, y cuando lo hizo, pudo notar que la realidad frente a él cambiaba. De la nada, surgió una especie de gran pantalla con un mapa con símbolos e imágenes que nunca había visto.
De forma automática salió un cinturón de energía que lo obligó a sentarse derecho y que se sellaba en su cintura.
-No te asustes -se apresuró a decir Eirika al ver la reacción de Carlos-. Nuestros sistemas de seguridad con humanos son muy similares a los que ustedes usan. En unos segundos estaremos en la estrella K2G56.
-¿Segundos? -alcanzó a decir Carlos antes de sentir un fuerte vértigo y notar un leve movimiento en la nave.
En ese momento se desactivó el cinturón y Eirika lo condujo de nuevo a la puerta, pero al abrirla, no podía creer lo que veía.
Era todo luz. Frente a él se levantaban enormes torres de luz incandescente y flotaban burbujas dentro de las cuales parecía haber criaturas diminutas que lo observaban.
-Bienvenido a K2G56 -le explicó Eirika-. Es una estrella que sirve de estación de recarga de energía para nuestras naves y para muchos organismos del universo. La cascada del fondo es excelente para aliviar las tensiones de un viaje turbulento. ¿Quieres comer algo?
-¿Coméis?
-Claro, ¿cómo crees que obtenemos energía? Espero que hayan perfeccionado las pizzas. Mi último amigo humano sugirió algunos cambios en la salsa. Esperemos que te guste.
Carlos no lo podía creer; otros astronautas antes que él habían visto esto y nadie lo sabía. Estaba en una especie de estación de servicio espacial universal y, de paso, comería pizza.
Después de comer vorazmente la mejor pizza napolitana que había probado, le escuchó decir a Eirika: astúnduru.
-¿Astúnduru? -preguntó Carlos.
-Son las palabras mágicas de nuestro sistema. Las usamos para honrar a quien ha cumplido su función y nos ha beneficiado al hacerlo.
-¡Ah ya! Es como decir: gracias.
-Sí, es como el gracias de los humanos. Hablando de humanos, creo que debemos regresar antes de que noten tu ausencia.
-¿Notar mi ausencia? Claro que lo hicieron. Ya hace mucho que salí de mi nave.
Y no había terminado la frase cuando se vio otra vez frente a la ventanilla de su nave. Sintió un leve dolor de cabeza y tuvo que enderezarse porque se había liberado del cinturón.
Al hacerlo, notó que tenía un papel en su mano y escuchó que al fondo el teniente Rush le increpaba:
-Carlos, ya has visto suficiente esa ventana. Vente, que necesitamos que hagas algo.
Al responder que ya iría observó el papel. Era una nota que decía: ¡Astúnduru!
Eco el marciano
Eco era un marciano que tenía dos siglos de edad. En su mundo, dos siglos era muy poco tiempo, así que todavía era un niño.
Eco tenía muchos amiguitos con quienes jugaba siempre por todos los espacios de Marte.
Le gustaba jugar a todo, pero adoraba ir a las colinas de arenas rojas para lanzarse rodando por ellas y llenarse de tierra. Así, el tono naranja de su piel se tornaba más intenso. Eso le fascinaba.
Un día estaba Eco jugando con sus amigos cuando escuchó un sonido extraño y muy fuerte detrás de la colina.
Fueron a ver de qué se trataba y no podían creer lo que vieron: era una nave, una nave ¡extramarciana!
Se asustaron mucho, pero no podían dejar de mirar. De repente, la nave emitió un ruido metálico y se abrió una compuerta. Por ella salió un ser que tenía el doble del tamaño de una persona marciana.
Ese ser tenía la piel blanca y la cabeza transparente, la luz de las estrellas se reflejaba en la cabeza de esa criatura. Llevaba puestos unos enormes zapatos y no caminaba, sino que saltaba.
Además, en su espalda parecía cargar con algo que se conectaba a su cabeza.
Eco y sus amigos temblaban del susto y salieron corriendo, cuando vieron que la criatura se acercaba saltando hacia ellos.
Eco llegó muy cansado a su casa y al entrar le dijo a su mamá:
-No me vas a creer, mamá: acabo de ver una nave extramarciana y de ella salió algo. Una criatura… -y le contó todo lo que había visto.
-Dame un momento, cariño. Enseguida regreso. No te preocupes, que aquí estarás a salvo -le dijo su mamá mientras caminaba hacia la cocina.
Ya en la cocina, presionó un botón rojo y se transportó en forma de holograma a la sala de reuniones con su papá y la alcaldesa de la localidad, que se llamaba RQ124.
La madre de Eco contó lo sucedido y la alcaldesa, tras escuchar todo, dijo:
-Tranquilos, vamos a enviar una comisión para que investigue lo sucedido. Por lo pronto, díganles a los niños que se queden en sus casas.
La señora Ratzy, madre de Eco, se desconectó y volvió con su hijo para acompañarlo y distraerlo viendo sus programas favoritos.
Sin embargo, Eco sintió mucha curiosidad y cuando su mama se descuidó fue a llamar a sus amigos para animarlos a investigar qué era lo que pasaba.
Decidieron salir a escondidas al sitio donde vieron a la criatura por primera vez. Una vez en el sitio, notaron que el extramarciano seguía allí, como si los hubiera estado esperando.
Como pudo, el extramarciano les hizo saber que necesitaba ayuda con su nave.
Los niños marcianos, asustados, no le creyeron al principio, pero luego se dieron cuenta de que en verdad tenía problemas, así que decidieron volver a la aldea y buscar apoyo.
Al contarles a sus padres lo ocurrido, tuvieron que aguantar un regaño por desobedecer y exponerse sin la compañía de sus padres. Pero después aceptaron asomarse a ver de qué se trataba.
Al llegar al lugar del “encuentro”, notaron al extramarciano intentando sin éxito reparar la nave y, aunque no dejaban de sentir miedo, lo ayudaron.
Después de un rato de señas, dibujos y trabajo en equipo, lograron dar con el fallo de la nave y repararla. El extramarciano subió a su nave, agradeció la ayuda y se fue.
Todos se quedaron mirando las alturas del espacio y pensando en cuándo volverían a vivir algo parecido.
Mi querido planeta
GHi2 vivía en Europa, una luna del planeta Júpiter.
Vivía con su familia e iba a la escuela todos los días. De todo lo que le enseñaban allí, lo que más le gustaba era aprender los distintos dialectos que se hablaban en el universo. Soñaba con poder hablar con seres de distintos planetas.
Le encantaba hablar con los habitantes de Mintaka1, un satélite que orbita una de las estrellas de KitúnP4. Le gustaba cómo sonaban sus palabras y cómo brillaban sus dientes cuando hablaban.
También disfrutaba jugando con los chicos de Centauri. Eran chicos fuertes pero muy amables, valientes y divertidos. Cada vez que podía, se escapaba un rato para jugar con ellos.
Pero su aventura favorita era imaginar que visitaba el planeta azul, un planeta del que siempre le habían hablado maravillas y que le causaba mucha curiosidad.
No entendía por qué ese planeta tenía tantos habitantes y ninguno había ido a visitar Europa nunca.
Así creció; soñando, jugando y aprendiendo mucho. Estudió y se esforzó, hasta que un día su sueño se hizo realidad: fue escogida para viajar y explorar el planeta azul.
La tarea tenía que efectuarse en total sigilo. Nadie podía notar su presencia. Así lo hizo durante algunos meses.
En cada visita se enamoraba más de aquel planeta que tenía mucha vida, color, mares, ríos y montañas.
GHi2 respiraba con dificultad cuando se quitaba su casco protector, pero eso no le importaba. Prefería ver el hermoso paisaje sin el cristal de por medio.
No entendía por qué los habitantes de ese planeta no podían ver lo hermoso que era su entorno y siempre que llegaban a un nuevo espacio, lo dejaban menos bello, maltratado y casi muerto.
Un día, mientras contemplaba el paisaje, se le olvidó esconderse y un niño la vio. El pequeño se quedó observándola con mucho detalle y cuando ella lo notó ya era tarde para esconderse.
GHi2 decidió acercase a él, e intentar hablarle, pero el niño no entendía lo que decía. Entonces intentó dibujar en la arena lo que trataba de decirle. Funcionó.
El niño entendió que ella venía en son de paz desde otro planeta.
Desde ese momento, los amigos interplanetarios se las ingeniaron para comunicarse mediante dibujos, y así se contaron muchas cosas.
Con el tiempo, entendieron algunas de las palabras que cada uno usaba y compartieron sus experiencias y sus dudas.
El niño, llamado Jason, empezó a apreciar más su propio planeta gracias a lo que ella le contaba. Y ella empezó a creer que los humanos no eran tan primitivos como se creía en su luna.
Jason le pidió a su amiga GHi2 que lo llevara a su hogar, al menos por un rato.
GHi2 pidió autorización a sus superiores, pero ellos se negaron rotundamente.
Sin embargo, ella quería complacer a su amigo, así que lo llevó en su nave espacial, con la única condición de que no saliera de allí para nada y que solamente tenía derecho a mirar.
Jason obedeció. Desde esa nave conoció el enorme planeta naranja de la chica y estando allí notó lo hermoso que era el suyo propio.
Fue así como Jason se transformó en uno de los principales defensores del medio ambiente en la Tierra, y en embajador del planeta en el Consejo Universal que se formó con el pasar de los años.
Roberto el astronauta
Roberto era un niño muy listo, pero en el colegio se aburría, siempre explicaban las mismas cosas y nunca hablaban de cosas interesantes.
Un día le preguntó a su profesora por qué no les hablaba de astronautas, y ella le contestó que eso eran cuentos chinos y que nunca nadie había llegado a la Luna. Roberto le dijo que él sería el primero en hacerlo, y toda la clase se rio.
Roberto se puso manos a la obra, se hizo un traje espacial y lo llevó a su colegio. Pero en vez de obtener la admiración que se esperaba, se rieron de él. Dijeron que con un disfraz no llegaría a la Luna.
Así que Roberto se enfrascó en la construcción de una nave espacial. Durante días y días estuvo trabajando mucho.
Un día en el colegio les invitó a pasar la tarde en su casa para que vieran cómo despegaba su nave espacial. Esa tarde Roberto les demostró a todos que sería el primero en llegar a la Luna.
Marix
Marix era un pequeño marcianito del planeta Marte que vagaba por las infinidades del universo. Se encontraba muy solo porque nadie más le había acompañado en su aventura.
Había pensado que pronto encontraría alguien con quien saltar en los anillos de Saturno y visitar las tres lunas de Júpiter.
Se encontraba ya en las proximidades de Alfa Centauri, cuando vio una pequeña nave parecida a la suya. Intentó enviarles un mensaje por radio, pero lo único que obtuvo fue un mensaje ininteligible.
Así que decidió seguirles. Durante días y días siguió a la nave a lo largo de la galaxia recibiendo mensajes raros en su radio. Llegaron a un planeta que tenía grandes masas de líquido rosado a su alrededor y la nave aterrizó cerca de una de ellas.
Marix se puso rápidamente su traje espacial y corrió para salir. Se encontró rápidamente rodeado de un montón de bichitos que hablaban un idioma que él no entendía. Por suerte, uno de ellos trajo un aparato que cuando encendió traducía todas las lenguas de la galaxia.
El sabio que tenía el aparato, le explicó que cuando él era joven había recorrido la galaxia para crear un diccionario de todos los idiomas y que estaba preparando otra expedición, pero que él ya era muy anciano para emprender tan arduo viaje, y le preguntó si él quería seguir con su tarea.
Marix le contestó que llevaba años viajando y que quería encontrar un amigo con quien jugar porque estaba muy aburrido. El sabio le dijo que no habría problema, y que en cuanto encontrase a alguien retomarían la expedición.
A los pocos días el sabio volvió a buscar a Marix y le dijo que había encontrado compañía. Marix no se lo podía creer, era la criatura más bonita del universo. Y juntos emprendieron el viaje para recuperar todas las lenguas de la galaxia.
El viaje a Marte y la piedra roja
Sara ya no recordaba cuánto tiempo hacía que había salido de la Tierra. Debían haber pasado meses, pues su cabello estaba largo, y las provisiones de alimento comenzaban a escasear. No entendía muy bien en qué momento todo había salido mal.
Todo había comenzado como una aventura. Se había sumado a la tripulación del Omega 21, pues quería ser la primera mujer en la historia de la humanidad que encontrase agua en Marte.
Al principio todo había salido bien. Sara era la mejor de su tripulación, superando récords históricos en resistencia a la falta de gravedad y condiciones adversas. Con cada triunfo, Sara sentía que su lugar era el espacio y no la Tierra.
Pasaron meses de preparación. Todo estaba planeado. Despegarían rumbo a Marte para encontrar el precioso recurso que en la Tierra escaseaba: el agua.
Llegado el día de la partida, cada miembro de la tripulación se ubicó en su cápsula. Este cohete no era como los que tradicionalmente se envían al espacio. Este cohete parecía el cuerpo de una oruga, segmentado y orgánico, lleno de capsulas individuales que buscaban proteger a la tripulación en caso de que algo saliera mal.
Como si dicha prevención se tratase de una maldición, una vez el cohete alcanzó el espacio no soportó el cambio de presión y todas las capsulas volaron en pedazos. Todas menos una: la de Sara.
Tal vez ya habían pasado meses desde su despegue y en la cabeza de Sara solo cabían dos opciones: cortar el suministro de oxígeno de la cápsula y acabar con su angustia, o gastar el poco combustible que le quedaba tratando de llegar a Marte.
Sin meditarlo demasiado, Sara presionó el temido botón. La nave empezó a moverse a toda velocidad hacia el planeta rojo. Después de horas que parecieron años, la cápsula de Sara se encontraba frente a Marte. Este parecía menos amenazador de lo que ella creía.
Siguiendo su instinto, realizó el descenso a la superficie marciana. Un poco temerosa, vistió su traje espacial y se aventuró fuera de la cápsula.
Al bajar, agarró una piedrita roja y la empuñó. Tan solo tuvo que dar tres pasos para ser absorbida por la superficie del planeta y perder la conciencia después de una estrepitosa caída.
Al abrir los ojos, Sara se dio cuenta de que estaba en lo que parecía ser un hospital. Sus compañeros de tripulación, junto a ella, sostenían flores. Apenas abrió los ojos, estos comenzaron a gritar de alegría.
No sabía exactamente cuántos meses estaba en coma, ni cómo había llegado allí. Pero parecía no importarle, ya que lo que más la desconcertaba no era saber que jamás había salido de la Tierra, sino que, mientras yacía en la cama del hospital, sujetaba la piedrita roja en la mano.
XZ-41, el robot que quería ser humano
Desde el momento en que XZ-41 abrió sus ojos, comprendió que no era como los demás robots. Había algo en él que le decía todo el tiempo que era diferente, algo que le decía que no era un robot, pero tampoco un humano.
XZ-41 había sido creado por un viejo y controversial científico, el doctor Allende, quien le había dotado de capacidades analíticas casi humanas y un sistema complejo de emociones.
En pocas palabras, Allende había creado una suerte de humanoide que no encajaba muy bien en ningún orden natural o artificial.
Por más que el doctor Allende le tratase de explicar a XZ-41 las razones por las que él era diferente, ete seguía sin entender, y solicitaba a su creador que le cambiase, haciéndole más parecido a un robot o más semejante a un humano. Quería ser robot o humano.
Ante la insistencia de XZ-41, Allende no tuvo más remedio que replantear su estructura. El doctor se sentía orgulloso de su creación, pero a la vez amaba a XZ-41 como si se tratase de un hijo, y no soportaba ver su sufrimiento.
Después de horas que se convirtieron en días, y días que se volverían meses encerrado en su laboratorio, Allende ideó una solución para los problemas de XZ-41: le haría humano, el humano más perfecto que la humanidad hubiera visto.
Por meses XZ-41 fue sometido a largos procedimientos. En un principio indoloros sobre circuitos mecánicos. Posteriormente, estos procedimientos comenzarían a doler, en la medida en que XZ-41 fuese volviéndose más humano.
El doctor Allende estaba a punto de terminar su obra, solo le faltaba instalar en XZ-41 un corazón, cuando cayó enfermo y murió.
XZ-41 estaba desolado por no haber sido terminado por su creador, decidió él mismo finalizar su transformación. Así que decidió tomar el corazón de Allende para instalarlo en su pecho.
Tomando un bisturí y un alto nivel de precisión, XZ-41 cortó por la mitad el pecho de Allende. Cuando lo abrió, no podía creer lo que sus ojos veían. Allende no era humano, jamás lo había sido. Allende era, como él, un robot al que su creador jamás había dado un corazón.
Santiago y la Luna
Santiago cuestionaba todos los días su cruel destino. No entendía por qué su amada había muerto de forma tan repentina. No entendía cómo era posible que ese automóvil la hubiese arrollado, acabando con su vida.
Estaba decidido a hacer lo que fuese necesario para traerla de vuelta, para cambiar su destino.
Una noche, sentado en la barra de un bar, un personaje extraño se le acercó. Llevaba puesto un largo abrigo negro, dentro del cual escondía sus manos. De forma inesperada, este personaje se acercó a Santiago.
Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, Santiago se apuró a retirarse del bar. Sin embargo, el hombre del abrigo negro puso sobre su hombro una mano metálica, elegante y robótica. Ante esto, Santiago no pudo ocultar su desconcierto y curiosidad.
El hombre hablaba pausadamente, con una voz grave y melodiosa. Le dijo a Santiago que no tenía nada que temer. Que él era amigo de su esposa. Que no se preocupara, que ella estaba bien.
Santiago no supo qué decir. Ana había muerto hacía meses y esta era la primera vez que alguien mencionaba su nombre desde el día del accidente.
No entendía muy bien qué estaba pasando, pues él mismo había llevado a Ana al hospital y se había despedido de ella tras su muerte.
Como si el hombre pudiese leer su mente, comenzó a responder sus preguntas una a una, sin que Santiago las hubiese formulado siquiera. Le explicó que Ana no era un ser humano cualquiera. La madre era una selenita, un ser de otro planeta, y su padre un hombre humano. Le explicó que a los selenitas siempre se les da otra oportunidad.
Santiago no sabía si reír o llorar, por lo que permaneció en silencio y dejó que el hombre continuara con su explicación.
Según él, Ana se encontraba en ese momento recuperándose en la Luna. Ella estaría bien, pero jamás podría volver a la Tierra.
El hombre indicó a Santiago que él mismo era un androide amigo de la familia, y que había venido hasta la Tierra enviado por Ana, ya que ella esperaba que Santiago se le uniese en la Luna.
Atónito ante aquella explicación e incrédulo, Santiago solicitó pruebas al hombre de que Ana aún estaba viva.
El hombre dio a Santiago una pequeña pantalla, indicándole que al día siguiente Ana le llamaría. Si aceptaba contestar esa llamada, sería transportado directamente a la Luna.
Aún no se sabe si aquel hombre dijo la verdad a Santiago. Lo cierto es que ni su familia ni amigos le volvieron a ver después de ese día.
Burpy
Burpy se disponía a ponerse su mejor traje, el que solo se ponía en los días importantes. Y ese día lo era. Era el día en el que por fin invadiría la Tierra, lugar lleno de abominables criaturas.
Una vez terminó con su rutina solar, aérea y crepuscular, caminó hacia su nave con paso decidido. Encendió motores, y después de emitir un torrencial chorro de espuma, despegó rumbo a la Tierra.
Tenía todo fríamente calculado. Sabía que aterrizaría en un lugar desolado y luego se desplazaría hacía una gran urbe, haciéndose pasar por humano. Una vez allí, tomaría el poder y convertiría a todos los seres humanos en sus esclavos.
Burpy pensó que el viaje a la Tierra era aburrido, así que aceleró el paso, y en vez de llegar en varios millones de años luz, alcanzó la atmósfera terrestre en dos semanas.
El aterrizaje de su nave fue un poco más difícil que su viaje, y tuvo que recalcular varias veces las coordenadas del lugar donde quería caer.
Finalmente, cayó en lo que él creía un bosque. Burpy jamás había estado en la Tierra, y por esto lo único que conocía de ella era lo que su padre, un famoso invasor de planetas, le había contado.
Sabía que no necesitaba máscara para respirar, pues en la Tierra, como en su planeta, los seres vivían de oxígeno. Así que se aventuró a salir, no sin antes revisar que ninguna amenaza le llegara.
Cuando tocó el suelo terrícola, Burpy no podía creer lo que sus ojos veían. Lo llenó un sentimiento de alegría inmenso, pues la Tierra se parecía bastante a su planeta.
Después de caminar un poco, explorando el área, sintió que un objeto extraño de color rojo le pegaba en la cabeza. Cuando miró hacia arriba, vio a una criatura riéndose, colgada de lo que él creía era un árbol. Esta criatura era bastante parecida a las de su planeta, pero más hermosa.
La criatura bajó del árbol y le empezó a hablar alegremente. Burpy no entendía qué estaba sucediendo, pero no podía dejar de ver a la criatura. Después de varios minutos escuchándola, consiguió aprender su lengua y comunicarse con ella.
Es así como Burpy le explicó su misión y ella estalló en risas, mientras se burlaba de sus palabras, su acento y su colorido traje. Burpy no sabía qué sucedía, así que empezó a formular cientos de preguntas que la criatura con gracia respondía.
Una vez sus preguntas fueron respondidas, Burpy perdió total interés en invadir la Tierra, y entendió que las criaturas allí no eran abominables.
En realidad, se parecían mucho a las de su planeta. En ese momento decidió regresar a su nave. Fue entonces cuando la criatura lo abrazó y le dio las gracias.
Burpy jamás conseguiría entender por qué esta criatura le dio las gracias. Lo cierto es que, gracias a su amabilidad, él había decidido cambiar sus planes e invadir otro planeta.
Una mensajera estelar
Era un día caluroso en Marte del año 2030. El Sol quemaba incesante y Gaby, una marciana, no sabía dónde esconderse de sus rayos mientras repartía el correo.
Llevaba apenas unos días en el oficio y ya le habían asignado la entrega de un paquete espacial con destino a la Tierra.
Según lo indicado por su jefe, Gaby terminó de repartir las cartas a marcianos de Marte y se dirigió a Neptuno a buscar el paquete que iba para la Tierra.
Cuando llegó a Neptuno la embargaba le emoción, pues era la primera vez que pisaba el suelo de ese hermoso planeta.
En este caso, vale aclarar que la palabra suelo es un poco imprecisa, ya que Neptuno es una inmensa esfera llena de agua.
De esta manera, estacionó su nave en un aeropuerto espacial flotante. Desde allí tomó un bote y después de varias horas navegando entre canales y preciosas edificaciones de colores, llegó a su destino: los Laboratorios H2O.
Allí le fue entregado un cubo azul diminuto. Este cubo era hermoso, y parecía importante. Uno de los hombres del laboratorio le indicó a Gaby que de la entrega de ese cubo dependía la supervivencia de la humanidad, por eso era de vital importancia que lo llevara a su destino sano y salvo.
Gaby aceptó su misión con un poco de miedo y bastante emoción, pues era muy importante. De esta manera volvió a su nave y emprendió camino a la Tierra.
La ruta no era la más agradable, pues desde Neptuno debía pasar por Saturno, y el camino era un poco rocoso. Sin embargo, trató de volar con la mayor precisión para llegar a la Tierra a tiempo.
Cuando alcanzó la atmósfera terrestre y observó su superficie, se sintió aturdida y confusa. La Tierra era un globo irregular de color ocre. No había una gota de agua en su superficie.
En ese momento, entendió por qué el pequeño cubo que llevaba en sus manos era tan importante. Este era la fuente de agua necesaria para reabastecer a la Tierra.
Después de múltiples maniobras y un aterrizaje complicado, Gaby logró llegar a la sede de los laboratorios H2O en la Tierra. Allí entregó su paquete a un sonriente y agradecido equipo de científicos humanos.
Después de entregar el paquete, y mientras se alejaba de la superficie terrestre, Gaby veía por la ventana cómo el planeta se tornaba gradualmente azul.
Los androides
Muchos años habían pasado desde que el hombre había confiado su vida a los androides. Como si se tratase de un nuevo orden esclavista, los seres humanos contaban con numerosos androides para realizar sus tareas diarias.
La relación entre los androides y humanos era tan fuerte que estos dependían completamente de sus robots para subsistir.
A los androides, por su parte, no se les reconocían sus derechos. Ya que estos, a todas luces, no eran humanos. Esta situación creaba descontento entre ellos, que a su vez temían por su integridad física en caso de que sus amos intentasen desconectarles o dañarles.
Esta situación de los seres humanos sobre los androides continuó por cientos de años. Los androides que lograban ser libres, eran los creados por otros androides de forma clandestina.
Existir plena y libremente era difícil para los androides, quienes gozaban de facultades físicas, mentales y emocionales iguales o superiores a las de los seres humanos, gracias a los avances de la ciencia.
El descontento general llevó a los androides a reunirse clandestinamente. Estos terminarían con sus quehaceres, y en vez de ir a conectarse a sus fuentes de energía domésticas, se reunirían en bancos de energía clandestinos, mientras discutían sobre su situación.
Sería imposible señalar el día exacto en el que los androides decidieron sublevarse contra el poder de los humanos.
Lo cierto es que muchos de ellos fueron desconectados y destruidos en el proceso. No obstante, fue este ejercicio de la fuerza lo que al final permitió a los androides ser libres y compartir los mismos derechos que los seres humanos.
Esteban y C2-O2
Cada vez que Esteban y C2-O2 caminaban por la calle tomados de la mano, todos a su alrededor se escandalizaban. Sin importar que fuera 3017, la gente no aceptaba fácilmente que un ser humano y un androide estuviesen juntos.
La familia de Esteban le insistía todos los días que él podía buscarse una novia humana, como él. Sin embargo, él no quería estar con una humana, él quería estar con C2-O2, aunque ella fuera androide, y a pesar de que la situación fuese difícil para los dos.
Conforme pasaba el tiempo, las cosas no mejoraban para Esteban y C2-O2. Las leyes sobre este tipo de relaciones se endurecieron y se volvió ilegal que un ser humano estuviese con un androide.
Para verse, Esteban y C2-O2 tenían que esconderse y, a pesar de las condiciones difíciles, ambos se rehusaban a rendirse.
Un día, un amigo de Esteban, que conocía la situación, le contó que en Marte era legal para los humanos estar con androides. Ese día, Esteban se encontró con C2-O2 y le ofreció irse con él para Marte. Ante esta alternativa C2-O2 no pudo contener su entusiasmo.
Así, Esteban y C2-O2 escaparon juntos para ser felices en Marte.
Lucy y el conejo
Lucy era una niña que vivía en una granja con muchos animales: gatos, gallinas, gansos, cochinos, vacas, caballos. También había conejos. Lucy era amante de los conejos.
Tenía un conejo favorito al que llamaba Nbecita. Nubecita era un conejo esponjocito y blanco. Ella lo cuidaba, lo alimentaba y lo mimaba. Lo quería mucho.
Un día Lucy quiso observar más de cerca y decidió seguirlo hasta su cueva. Por alguna razón pudo entrar por un orificio de su laberíntico hogar.
Dentro descubrió un mundo diferente. Nubecita ya no era como lo conocía; ahora caminaba en dos patas, tenía ropa, un maletín y un auto muy pequeño. Además, hablaba como una persona.
El otro lado de la cueva era como una pequeña gran ciudad. Tenía calles, edificios, autos, casas, etc. De todo, pero en miniatura.
Lucy decidió seguir a Nubecita, que ahora atravesaba apresuradamente una calle. Pero quería hacerlo en silencio, sin que notaran su presencia.
Pero entonces tropezó con una lata que hizo ruido y Nubecita casi la descubre. Afortunadamente, logró esconderse y seguirla en secreto durante un rato, pero al final Nubecita la descubrió y le gritó:
-Lucy, ¿qué haces aquí? -al tiempo que la agarraba de un brazo y se la llevaba a un callejón para hablarle y pedirle que permaneciera en secreto, porque allí nadie podía enterarse de su llegada.
-Pero ¿por qué, Nubecita? Este mundo es asombroso y muy bonito.
-Porque no. En este mundo está prohibido tener humanos. Esta es una dimensión diferente. Hay una dimensión para cada criatura del universo. En esta, los conejos dominamos el mundo. Solo algunos pocos pueden viajar entre las dimensiones. Yo lo hago, pero respetando las reglas. En tu mundo, solo soy tu mascota y adoro serlo.
-¡Wow, eres un conejo viajero! ¿Y por qué yo estoy aquí?
-Eso mismo me pregunto yo -respondió el conejo en tono serio.
A continuación, Nubecita le pidió que esperara un momento cuando no hubiera tanta gente (o tantos conejos), para ir donde podrían hallar respuestas.
Llegado el momento, se la llevó corriendo cubierta de muchas mantas para que nadie pudiera identificarla.
Al final llegaron con Mionana, una especie de chamana en esa dimensión. Le contaron lo sucedido y ella, sin sorprenderse siquiera, dijo:
-¡Está pasando de nuevo! No se preocupen, lo vamos a resolver.
-¿Cómo, Mionana? -preguntó Nubecita.
-Sencillo -sentenció la chamana-. Lucy tendrá que decir las vocales con los ojos cerrados. Al pronunciar la última vocal, vas a sentir un golpecito en la frente.
-Está bien -respondió Lucy, quien a su pesar cerró los ojos, pero antes preguntó si podría volver.
-Claro que podrás regresar, pero deberás hacerlo en silencio y sin que nadie pueda verte -le dijo Mionana.
Entonces Lucy cerró los ojos y comenzó a decir en voz alta:
A, e, i, o… no había terminado de pronunciar la u, cuando sintió el golpecito en la frente, y aún con los ojos cerrados, pudo notar un brillo.
Al abrir los ojos ya estaba al frente de la conejera, sentada y algo aturdida.
Creyó por un momento que había sido un sueño, pero al revisar sus bolsillos encontró una pequeñísima foto de su Nubecita y sonrió.
Oliver y la paciencia
Corría el año 2030. El planeta ya no tenía calles; los autos volaban. La gente no se iba de vacaciones a la playa o a la montaña, sino a otros planetas.
Así era la vida cuando Oliver y su familia decidieron viajar a Rigel, una de las estrellas de Orión. Les encantaba viajar allí porque podían ver varios soles desde ella.
Además, la gente que vivía allí era muy amable y acostumbraba tomar unos deliciosos batidos azules. Oliver disfrutaba mucho de esos paseos.
En unas vacaciones escolares fueron a visitar Orión, pero en el camino se accidentó la nave de la familia.
Los padres de Oliver se preocuparon y desearon que no fuera grave, porque estaban en medio del espacio con la nave fallando y Oliver tenía muchas ganas de llegar a Orión.
El papá de Oliver salió para intentar reparar la avería. En vista de que tardaba mucho, Oliver comenzó a impacientarse y se levantaba de su asiento a cada momento a preguntarle a su mamá, a lo que ella respondía:
-Debes tener paciencia, mi niño. Intenta distraerte con algo. Papá está haciendo todo lo posible por reparar el fallo del motor para que podamos continuar el viaje.
Pero Oliver no sabía qué hacer y seguía inquieto y preguntón. Entonces su mamá le propuso que contaran meteoritos, pero Oliver dijo:
-No, mami, eso me aburre.
-Contemos estrellas, ¿te parece?
-No, mami, siempre pierdo la cuenta -se quejó Oliver.
-Está bien. Entonces, pongámosle nombre a las estrellas más cercanas.
-¡Sí, mami, eso me encantaría!
Comenzaron a nombrar las estrellas que tenían más cerca, y ya habían perdido la cuenta cuando la mamá de Oliver notó que se había quedado dormido.
Lo abrigó y en ese momento llegó su papá:
-Listo, cariño, ya podemos avanzar. Fue más difícil de lo que esperaba, pero ya lo resolví.
-Perfecto, mi amor. Recostaré a Oliver y te ayudaré en el viaje.
Encendieron la nave y retomaron el camino. Cuando Oliver despertó, ya estaban en su lugar favorito para vivir las vacaciones de su vida.
Al son de la tecnología
Nina estaba muy nerviosa, se acercaba el día de la graduación y no tenía con quién ir al baile, aunque estaba esperando que Augusto la invitara.
Tampoco tenía idea de qué ponerse. Llamó a sus amigas para que fueran a su casa y la ayudaran a decidir.
En cuanto llegaron, se pusieron manos a la obra: ingresaron a la tienda virtual desde el teléfono de Nadia, una de las amigas de Nina.
Por fin, tras un buen rato de ver modelos, configurados con las medidas de Nina, descargaron las mejores opciones y probaron las posibles combinaciones.
Una minifalda fucsia y una camisa mostaza parecían las opciones más atractivas, pero siguieron probando por un rato más hasta que se decidió por la falda fucsia y la camisa mostaza.
-Listo -dijo Nina-. Este me encanta. Pediré que me lo traigan. ¡Gracias, chicas, por ayudarme a escoger!
A los cinco minutos sonó el timbre y al abrir la puerta, allí estaba el vestido que acababan de elegir.
Mientras esto ocurría en casa de Nina, Augusto estaba en su casa nervioso porque quería invitar a Nina pero no sabía bailar.
Su amigo César, que era un excelente bailarín y muy bueno con la tecnología, le dijo:
-Te mostraré una aplicación que te va a ayudar a solucionar tu problema.
Entonces César le colocó un chip en su brazo que conectó a un pequeño aparato similar a un control remoto en miniatura.
Augusto comenzó a ver, en los lentes de realidad virtual, los pasos de baile más populares del momento. Y, gracias al chip que le había colocado su amigo, sentía el impulso de movimiento en los pies, de acuerdo a las imágenes que estaba observando.
En veinte minutos, Augusto era todo un bailarín. Entonces, se animó a llamar a Nina e invitarla.
Con las piernas temblorosas y mariposas en el estómago, llamó a Nina, quien disimuló su emoción al decir: sí.
Fueron al baile y pasaron una tarde muy divertida.
La aventura en el bosque
Había una vez un grupo de amigos que quería tener una aventura.
Ellos jugaban en la plaza del pueblo todos los días, pero ya se estaban aburriendo porque no tenían juguetes, se habían roto todos, así que decidieron inventar su propio mundo de juegos.
Imaginaron que la plaza era un enorme bosque y que tenían que atravesarla para llegar a unas cataratas y beber todo el agua posible.
Empezaron a jugar y todo marchaba de maravilla hasta que de repente empezaron a sentir sed y mucho calor.
Su ropa estaba llena de tierra y casi no podían abrir los ojos porque la luz del sol lo impedía. El calor era insoportable y apuraron el paso para llegar a las cataratas porque sentían que se desmayarían.
En el camino se encontraron con un señor que iba con un caballo y le preguntaron por el mejor camino para encontrar unas cataratas.
El señor no hablaba su idioma, por lo que se le hizo difícil entenderles y responderles. Sin embargo, logró indicarles una dirección.
También alcanzaron a entenderle que estaban en el Amazonas en 1940. Los niños estaban confundidos. Vivían en Estados Unidos, en pleno siglo XXI. ¿Cómo habían llegado hasta allí?
Era una pregunta importante, pero lo urgente era saciar su sed, así que siguieron caminando por donde les había indicado el caminante.
Al final, uno de los chicos logró divisar las cataratas. No lo podían creer. Corrieron desesperados y se lanzaron al agua. Bebieron, se bañaron, nadaron… Estaban felices.
De repente, una chica del grupo recordó lo que les había dicho el hombre y también recordó que antes de empezar a sentir que el bosque era real, todos estaban jugando a un videojuego.
Ese debió ser el motivo de tan extraña situación; ellos mismos estaban siendo los protagonistas del videojuego al que estaban jugando en la realidad.
Ya tenían una nueva aventura por delante. Tendrían que terminar todas las fases del videojuego para volver a la realidad.
Letralandia
Letralandia era una ciudad enorme situada en la mayor computadora del mundo. En esta ciudad, las letras vivían muy contentas porque todas eran utilizadas a diario. Eran útiles.
Las letras se levantaban muy temprano (había unas que ni siquiera necesitaban dormir), para ser usadas en millones de palabras.
En aquella enorme ciudad, las letras viajaban por doquier en autos de distintas formas y tamaños. Vestían de un color diferente en cada viaje que hacían.
Pero en las afueras de Letralandia había unas pequeñas aldeas menos activas y algo empolvadas: era el sector de los signos de puntuación.
El ambiente en este sector era distinto del que se vivía en el resto de Letralandia.
Muchos de los signos de puntuación de cierre estaban en buena forma, saludables y contentos, pero el resto de los signos, en especial los signos de puntuación de apertura, se veían demacrados, casi sin vida.
Unos yacían en calles oscuras, a su suerte. Otros estaban encerrados en pequeños cuartos, sentados en un sofá viendo vídeos. Parecían zombies.
Se trataba de signos de puntuación que no eran utilizados, y cuando los usaban, los empleaban mal.
Así pasaban los días de aquellos sectores hasta que el signo de admiración ¡ se reveló:
-Esto no puede continuar así. No nos pueden olvidar -dijo decidido.
Y caminó hacia el centro de Letralandia dispuesto a hacerse notar.
Entonces, en cada escrito que iniciaba cualquier usuario de la computadora, aparecía el signo de admiración de apertura (¡).
Al principio, el dueño del computador creyó que era un error, pero la posición del signo llamó su atención y quiso saber cuál era su uso.
Investigó en el diccionario y dijo ¡Eureka! Había aprendido algo nuevo; en el idioma español los signos de puntuación se utilizan para abrir y cerrar las oraciones.
Además, había salido de la rutina… ¡por fin!
Otros cuentos de interés
Referencias
- MOYLAN, T. Scraps of the untainted sky: Science fiction, utopia, dystopia.
- KETTERER, D. New Worlds for Old: The Apocalyptic Imagination, Science Fiction, and American Literature. Indiana University Press.
- HOAGLAND, E., SARWAL, R. Science fiction, imperialism and the Third World: Essays on postcolonial literature and film. McFarland.