
Algunas de las leyendas de Zacatecas más conocidas son la Calle de las Tres Cruces, el Cerro de la Bufa o la piedra negra. La historia de esta región es contada por sus habitantes a través de leyendas tan impresionantes e impactantes como la magia de su arquitectura.
No en vano, Zacatecas es conocida como “la ciudad con rostro de cantera y corazón de plata”. La frase le hace honor a sus calles coloniales de estilo barroco. El color rosa de su imponente cantera transmite una atmósfera mágica perpetuada en los tiempos actuales como un tesoro inmortal del pasado.
Su corazón de plata se refiere a la extracción de minerales, una de sus principales actividades económicas que comenzó a principios de la era moderna, entre los siglos II y X, y que hoy se mantiene vigente.
Además de su belleza arquitectónica —que presume de su centro histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad—, Zacatecas exuda un aire de misticismo en cada calle, vereda y callejón.
Las 5 leyendas más populares de Zacatecas
La calle de las Tres Cruces
Corría el año 1763. Don Diego de Gallinar era un hombre apegado a la tradición. Vivía con su sobrina, Beatriz Moncada, una joven muy hermosa que llegó a casa de su tío luego de haber perdido a sus padres. Por su belleza y juventud, era el centro de todas las miradas en la calle de las Tres Cruces.
Pero no cualquier pretendiente fue capaz de cautivarla, solo un joven indígena llamado Gabriel, a quien había conocido en una festividad de la zona. Inspirado por el amor más puro, Gabriel le dedicaba una serenata cada noche, mientras Beatriz le correspondía religiosamente desde su balcón.
Don Diego, lejos de creer en cuentos románticos, le había impuesto a su sobrina un matrimonio arreglado con su hijo, Antonio de Gallinar, quien anhelaba el momento de consumar la alianza con la joven más deseada del pueblo.
Una noche, cuenta la leyenda, don Diego descubrió las serenatas nocturnas de Gabriel. Agresivo y autoritario, le ordenó al joven marcharse. El joven indígena respondió firme que se iría por compromiso y respeto, más que por temor a la violencia de don Diego.
Don Diego, sintiéndose humillado y furioso, atacó a Gabriel con su espada, pero entre el forcejeo terminó herido de muerte con su misma arma. De repente, Gabriel, aún sin percatarse por completo de lo que acababa de suceder, sintió una puñalada por la espalda.
Fue un sirviente de don Diego que, al verlo distraído, lo asesinó a sangre fría, cobrando venganza por su jefe. Beatriz no soportó la desgracia, cayó del balcón desmayada y el impacto le quitó la vida al instante, justo encima de los otros dos cuerpos.
Así ganó su nombre la calle de las Tres Cruces, una parada obligada entre los turistas.
El Cerro de la Bufa
Esta leyenda se remite a la época colonial. Se dice que el Cerro de la Bufa resguarda en sus entrañas un tesoro inigualable: paredes de oro, pisos de plata, todo iluminado por el resplandor de piedras preciosas que encandilan como el sol.
Cada año por las noches, durante las festividades del pueblo, una despampanante mujer se posa en lo más alto del Cerro de la Bufa, casi como un ángel celestial, armoniosa y proporcional en todos sus rasgos.
Serena, espera pacientemente a que un hombre se pasee por la vereda. Aparentando ser una princesa encantada, magnética e hipnótica por su belleza, pide a cualquier curioso infortunado que la lleve en sus brazos hacia el altar mayor de la basílica de Zacatecas.
Ese es el precio que hay que pagar para hacerse con la propiedad de todos los tesoros que esconde el cerro. La mujer solo pone una condición: está prohibido mirar hacia atrás una vez que comienza el recorrido con ella en brazos.
Lo que no sabe el hombre que decide llevarla, es que a sus espaldas le espera un infierno. Ruidos desesperantes, como gritos de almas en pena, hacen sudar a todo aquel que emprende el camino hacia el altar con la mujer a cuestas.
Al no poder evitar la curiosidad, asustado y angustiado, el hombre finalmente voltea, mira hacia atrás y provoca que la mujer se transforme en serpiente y acabe con su vida.
Hasta hoy, el tesoro del cerro sigue siendo un misterio, aunque todavía nadie ha podido demostrarlo y reclamarlo.
La piedra negra
Misael y Gerardo eran dos mineros muy jóvenes que llegaron a Vetagrande, cuna de la minería en Zacatecas, buscando una oportunidad para trabajar y salir adelante a comienzos del siglo XIX.
Ambos comenzaron su exploración en dicha tierra cargada de recursos y riquezas minerales, hasta que hallaron una cueva misteriosa que llamó su atención. Una vez dentro de la cueva, saltó a la vista una roca dorada, enorme y brillante, resplandeciente.
Parecía que aquella piedra estaba bañada en oro. Misael y Gerardo no lo dudaron y de inmediato llegaron a un acuerdo: vigilar la piedra toda la noche y sin descanso, sentados junto a ella, para llevarla a casa juntos al día siguiente.
Pero la noche se hizo larga y más oscura. Misael y Gerardo no pararon de mirarse fijamente, envenenados por la avaricia, visualizando una riqueza tan grande que no querrían compartirla el uno con el otro.
Al día siguiente, los dos jóvenes mineros amanecieron muertos. La piedra comenzó a tornarse negra con el paso del tiempo, como si poseyera a cualquiera que se fijase en ella, tomara su alma y la volviera maligna.
La noticia corrió como pólvora entre los residentes del pueblo, hasta que el obispo de Zacatecas se enteró del mal augurio que traía consigo la piedra, antes dorada, ahora cada vez más negra, que ya se había cobrado varias vidas.
El obispo se llevó consigo la piedra para evitar que la codicia humana terminara en más muerte. La colocó en la catedral, debajo del campanario, en la parte trasera del templo. Ahí la piedra se oscureció más y más, hasta quedar completamente negra.
La última confesión
Martín Esqueda era un sacerdote clásico de pueblo. Párroco del templo de Santo Domingo, en Zacatecas, pasaba los días predicando la palabra a sus fieles sin muchas novedades. Era costumbre de los habitantes visitarlo a cualquier hora del día y de la noche, pidiendo piadosamente alguna confesión para un hombre o mujer en su lecho de muerte.
Pero en 1850, un evento cambiaría todo lo que conocía hasta ese momento. Bien entrada la noche, una anciana llegó a su puerta solicitando una última confesión para un familiar suyo que, muy probablemente, no sobreviviría al amanecer.
El padre Martín accedió sin chistar, pues para él era completamente normal hacer ese tipo de confesiones a domicilio, sin importar la hora. Recogió sus instrumentos religiosos convencionales: la biblia, un rosario y su estola.
Junto a la anciana, emprendió el recorrido a pie hasta las adyacencias de la Plaza de Toros. Allí había un conjunto de casas muy antiguas y deterioradas por el paso del tiempo. Ella le abrió una de estas casas hasta llegar a un cuarto muy pequeño donde un hombre reposaba, claramente débil y enfermo.
En el mismo instante en el que el padre entró al pequeño cuarto, la anciana se dio vuelta y sin decir una sola palabra, se marchó. Martín practicó su ritual de confesión habitual sin ninguna irregularidad. Regresó a casa y así terminó su noche.
Al día siguiente, el padre notó que faltaba algo muy importante: había olvidado su estola en aquella casa antigua. Decidió enviar a dos emisarios de su iglesia para recuperarla, pero ambos volvieron sin éxito al templo. Nadie en la casa del enfermo les abrió la puerta.
El padre Martín decidió ir él mismo a recuperarla, pero al igual que sus emisarios, no obtuvo respuesta. Cuando el dueño de las casas deterioradas se fijó en la insistencia del padre al tocar la puerta, se acercó, sorprendido.
Han pasado muchos años desde la última vez que una de esas casas fue habitada. El propietario decidió abrir la puerta al sacerdote, pero el escenario no era el mismo de la noche anterior: entre polvo, animales rastreros y telarañas, la estola colgaba en la estaca de madera donde el padre Martín la había olvidado.
Impactado por este extraño suceso, ni siquiera pudo ofrecer la eucaristía del día. Quedó pasmado. Poco tiempo después de esa noche, cuenta la leyenda que el padre Martín enfermó y murió. Nunca fue el mismo desde esa última confesión.
El espejo francés
Las sonatas que tocaba Matilde Cabrera en su piano de cola endulzaban el día a cualquier transeúnte que pasase por su ventana. Su instrumento de dulces melodías se posaba en el salón de su casa, al frente de un ventanal que daba a la calle principal donde vivía.
La joven interpretaba las piezas en soledad cada tarde, sin falta. Miembro de una familia muy conservadora, Matilde asistía con frecuencia a la iglesia. Allí conoció a un atractivo caballero que se robó su corazón a primera vista.
Respetando sus tradiciones familiares, ella muy poco se acercaba a su enamorado. Se comunicaban con señas para demostrarse el amor que se tenían. Era un romance de aquella época, donde el afecto y las caricias se sentían sin necesidad de tocarse.
Inspirada por su amado, se las ingenió para verlo todas las tardes desde su casa, cuando se sentaba religiosamente a tocar el piano. Colocó sobre él un espejo de acabado francés para ver, como en un retrovisor, cómo su caballero pasaba todos los días a hacerle gestos de amor desde el ventanal, gestos que solo ellos entendían, su propio código de amor.
Un día, el hombre partió sin previo aviso para alistarse en el ejército y librar las batallas que acaecían esos días. Matilde nunca perdió la esperanza, se arreglaba cada vez más para esperar a su amado. Se perfumaba, peinaba y vestía, obsesionada todas las tardes, mirando a través de su espejo francés a la espera de ver el reflejo de un hombre que nunca más vería.
Ahora resonaban sonatas melancólicas en las afueras de la casa de Matilde. Su enamorado jamás volvió. Con el pasar de los años, los vecinos comenzaron a llamarle la loca del espejo, pues día tras día seguía tocando el piano, esperando.
Referencias
- La bufa, el cerro que guarda tesoros. Recuperado de eluniversal.com.
- Turismo en Zacatecas. Recuperado de zacatecastravel.com.
- Zacatecas. Recuperado de visitmexico.com.
- Valle, A.P. Leyendas de Zacatecas.
- Rodríguez Martínez, J.F, Leyendas de Zacatecas, cuentos y relatos.