¿Qué es la Formación Reactiva?

La formación reactiva es uno de los mecanismos de defensa del psiquismo, propuesto inicialmente por Sigmund Freud y desarrollado posteriormente por su hija Anna Freud, ambos referentes importantes del Psicoanálisis.

Su característica principal reside en la transformación en lo contrario de aquellas situaciones o temáticas que comprometen la moral del sujeto. En este tipo de situaciones, el individuo expresará lo opuesto a lo que siente o realmente desea, quedando lo verdadero, reprimido o alojado en el inconsciente.

La formación reactiva, en tanto mecanismo defensivo, opera a nivel inconsciente, por lo que no es posible elegirlo entre otros de una forma consciente. Predominará ante otros mecanismos psíquicos de defensa, según la estructura de la personalidad y el psiquismo del sujeto.

Es uno de los mecanismos defensivos disponibles en el psiquismo humano, generalmente predominante en las personas con una estructura psíquica de índole obsesiva.

Viene a ser un recurso con el que cuenta un sujeto al momento de tener que defenderse de algo que puede considerar como un peligro, una amenaza o bien, generarle algún sentimiento productor de displacer, proveniente tanto de su mundo interior, como la ansiedad o el miedo, como del mundo exterior.

Cualquiera sea el origen de esta emoción o sentimiento, si ha de resultar en un factor desestabilizante para el sujeto, entonces el psiquismo se encargará de utilizar un mecanismo como la formación reactiva, para defenderse de ello.

La formación reactiva es así, un proceso mental de índole inconsciente, mediante el cual el sujeto acciona o responde ante algo desagradable para él, comportándose de forma opuesta a lo que piensa o siente verdaderamente, transformando en lo contrario la emoción o impulso originales. 

¿Qué son los mecanismos de defensa?

Son aquello procesos psíquicos u operaciones mentales inconscientes que utiliza una persona como estrategia de afrontamiento, para defenderse.

Ante pensamientos o emociones nocivas para el sujeto, tales como el estrés, la ansiedad o el miedo entre otros, que pueden ser generados como consecuencia de un evento traumático, el individuo siente la necesidad de defenderse. Es entonces cuando el aparato psíquico recurre a los mecanismos de defensa para que el sujeto pueda continuar hacia adelante, minimizando los efectos producidos por este suceso.

De este modo, las estrategias de afrontamiento, evitan que todas las mociones desagradables accedan a la conciencia, manteniendo el equilibrio psíquico. El cual tiende constantemente a desequilibrarse, tanto por factores internos como las ideas, los pensamientos y sentimientos, como por factores externos correspondientes al contexto y mundo circundante del sujeto.

Al realizar su trabajo, el aparato psíquico produce un gasto energético a nivel cuantitativo o económico, es decir que, se requiere de energía psíquica para su funcionamiento. Es por ello que la psiquis tendrá que priorizar o jerarquizar los recursos a emplear, entre ellos los mecanismos de defensa, para cumplir con su objetivo último, mantener en equilibrio esa cantidad de energía anímica.

De este modo, los mecanismos de defensa son jerárquicos y se utilizarán en función del gasto energético requerido para sofocar el estímulo provocador de ansiedad o cualquier otro sentimiento no placentero para el sujeto.

¿Cómo funciona la Formación Reactiva?

Es el inconsciente quien pone en marcha este mecanismo defensivo, privando al yo, o a la consciencia, de los verdaderos motivos; por lo que todas las sensaciones conscientes del sujeto pasarán a ser el contrario en el inconsciente siempre que éstas sean generadoras de sentimientos inconciliables para la consciencia o entren en disputa con la moral del sujeto.

Es decir, que la formación reactiva consistirá en expresar lo contrario de sus sentimientos internos en su comportamiento externo. Por ejemplo el sujeto puede mostrarse amoroso, ocultando el odio u hostilidad frente a determinada situación que le ha generado un impulso desagradable.

La disociación entre ambos sentimientos, el genuino y el generado por la formación reactiva, su opuesto, permitirá mantener reprimido el primero, exteriorizando conscientemente el sentimiento contrario. Ahora bien, el impulso original rechazado, no desaparece, sino que continúa existiendo bajo aquel exteriorizado, oculto para la consciencia.

De este modo es como una persona puede comportarse de forma contraria a lo que realmente siente o piensa. Puesto que los impulsos o sentimientos inconciliables para el yo, o la consciencia, resultan una amenaza tal que no alcanza solamente con reprimirlos sino que además es necesaria una formación reactiva para que el individuo exprese un comportamiento opuesto a aquellos sentimientos reales que han quedado alojados en el inconsciente.

Una formación reactiva se caracteriza por la inflexibilidad y un carácter compulsivo, es decir que una persona con una estructura psíquica que adopte este mecanismo defensivo reiteradamente como estrategia de afrontamiento, perderá su espontaneidad y posiblemente, tenderá a comportarse de forma obsesiva. Siendo éste el recurso más utilizado por el mecanismo psíquico característico de las personas con neurosis obsesiva.

Si este es el mecanismo defensivo utilizado frecuente y excesivamente, puede llegar a convertirse en un rasgo de carácter permanente. Como en el caso de las personas obsesivas o con trastornos obsesivos compulsivos.

La formación reactiva actúa entonces como un disfraz que puede utilizarse en muchas formas.

Tipos de formaciones reactivas

En términos generales se pueden encontrar formaciones reactivas de carácter saludable o bien adaptativo. Un ejemplo de éstas son aquellas destinadas a mantener las rutinas, en el trabajo, en los horarios o en la casa.

Éstas pueden ser generadoras de un monto de displacer al oponerse al deseo propio de seguir durmiendo a la hora de tener que levantarse por ejemplo. Al hacerlo, y no seguir durmiendo haciendo caso omiso al sonido del despertador, esta defensa ayuda a mantener bajo control la rebeldía que dicho suceso le genera diariamente al sujeto.

También existen las formaciones reactivas que se constituyen como hábito, modificando la personalidad del individuo, quien actúa como si el peligro o la situación desagradable estuviesen siempre presentes o con grandes posibilidades de advenir.

Este tipo de formaciones reactivas pueden ser llamadas formaciones reactivas generalizadas, puesto que construyen en la persona rasgos de carácter generales, modificando la estructura de la personalidad.

Ahora bien, las formaciones reactivas también pueden ser localizadas, y ponerse en juego por un suceso o evento particular. Cualquiera de ellas, las localizadas y las generalizadas, pueden convertirse en síntoma. Ya sea por el carácter rígido, forzado, poco espontáneo, inflexible y compulsivo, su fracaso en la labor de mantener oculto para la consciencia aquello que la originó, o bien porque conducen a un resultado opuesto al esperado en su aplicación.

Su éxito radica en haber logrado excluir de la consciencia aquello que resulta intolerable para ésta, por romper con la moral del sujeto. Es importante el factor de lo social puesto que la imagen del sí mismo, y la mirada del otro, condicionan al sujeto, quien se ve obligado a cumplir con las exigencias propias y las sociales.

Es por ello que las formaciones reactivas pueden compararse a un disfraz. No sólo porque desde la perspectiva psicoanalítica reciben el nombre de formaciones reactivas porque se hallan directamente en oposición con la realización del deseo propio; sino también porque mediante su uso, la verdadera y propia identidad del sujeto queda resguardada bajo este disfraz, puesto que hasta la propia consciencia ignora los verdaderos motivos de la persona.

Las formaciones reactivas pueden ser también, compulsivas. Son aquellos casos donde las personas pueden creerse obligados a comportarse de esta manera de forma constante para asegurarse que la verdad, sus verdaderos deseos o sentimientos nunca salgan a la luz ni sean conocidos por nadie.

¿Por qué necesitamos defendernos?

La necesidad de defendernos radica en evitar todo aquello que es inconcebible para la consciencia. Protegerse ante una amenaza, del miedo, la angustia, la ansiedad o la culpa son algunos de los motivos por los que se ponen en marcha los distintos mecanismos de defensa a los que el inconsciente puede recurrir, de forma jerárquica, a uno de ellos o más de uno a la vez.

Éstos operan de forma inconsciente, es decir no están controlados por la conciencia por lo que tampoco son voluntarios. De hecho, la consciencia no se distingue del sentimiento desagradable, porque éste ha sido reprimido y como consecuencia ha aflorado su opuesto en la consciencia.

Los mecanismos de defensa, como la formación reactiva, son funciones psíquicas reguladoras. Tienen como objetivo mantener en equilibrio la energía psíquica, evitando todas aquellas perturbaciones que generen un exceso o aumento de dicha cantidad, reduciendo así la tensión psíquica, para salvaguardar la integridad del yo.

Lo cierto es que muchas veces el sujeto no sólo tiene que defenderse de factores externos, sino también de los internos, tales como conflictos emocionales, amenazas de origen interno o incluso, sus propios deseos.

De este modo existe una constante batalla entre el deseo reprimido en el inconsciente y los mecanismos de defensa puestos en juego para mantenerlo oculto de la consciencia.

Sustituyendo mediante la formación reactiva los sentimientos que le resultan inaceptables, por sus opuestos, al mismo tiempo que los primeros son reprimidos o depositados en el inconsciente.  Un ejemplo de ello, es el amor y el odio.

Una persona que no es correspondida pasa de amar a odiar a la otra persona. La explicación radica en el hecho de que el seguir amando a quien no la corresponde le genera dolor, por ende una emoción intolerable para la consciencia. De este modo se reprime el sentimiento de amor, éste es alojado en el inconsciente, y se expresa el odio en la conciencia.  

Muchas veces las personas que utilizan en exceso las formaciones reactivas, suelen tener inconvenientes en lo social, puesto que los sentimientos producidos desde aquel mecanismo de defensa, se manifiestan con una fuerza poco común y en muchas ocasiones hasta de forma exagerada e inadecuada.

Si bien las formaciones reactivas son mecanismos que tienen como finalidad evitar la ansiedad, el estrés, la angustia, o cualquier tipo de emoción o sentimiento que genere malestar en el sujeto, muchas veces este proceso defensivo puede resultar poco saludable. Principalmente cuando se utilizan de forma excesiva para evitar resolver un problema.

La formación reactiva y el psicoanálisis

Mediante el psicoanálisis se deberá intentar conocer cuáles son los mecanismos defensivos que operan en el sujeto, para descubrir junto a él, una manera más saludable de resolver lo que le acontece con sus sentimientos.Es en el discurso del sujeto que el analista mantendrá una particular atención.

De este modo podrá trabajarse el análisis y la interpretación no sólo de lo que dice, sino también de sus silencios, puesto que muchas veces el analista trabaja también con lo que el sujeto no dice.  

Al trabajar con un paciente que utiliza las formaciones reactivas como mecanismo de defensa, posiblemente se evidencia prontamente que dicho sujeto posee un comportamiento determinado, e inadecuado desde la mirada social.

Por lo que mediante el psicoanálisis, creando un ambiente de apoyo y confianza para que sea el propio sujeto quien pueda identificar, admitir, y aceptar lo que verdaderamente le está sucediendo.

Se deberá hacer consciente aquello que permanece inconsciente, lograr que el sujeto identifique de qué se está defendiendo mediante la formación reactiva, y brindarle opciones para que pueda reaccionar de un nuevo modo más saludable.

Sucede muchas veces que al enfrentar al sujeto al vacío que rodea su realidad emocional, éste se sienta amenazado o expuesto e intente defensivamente poner en práctica una expresión consciente que será el resultado de una nueva formación reactiva.

Es entonces cuando el analista deberá paulatinamente enfrentarlo con esto, y utilizarlo como ejemplo de repetición en situaciones pasadas. Es decir, mostrarle con sus propias palabras o actos, que es eso mismo lo que hace para defenderse de otras situaciones o sentimientos similares a los producidos en esta situación amenazante para él.

Rompiendo con las defensas del paciente y ayudándolo a encontrar un modo alternativo de enfrentarse con lo que la pasa, para poder hacer algo más saludable al respecto.

Para que esto suceda y, el éxito tenga más posibilidades, deberá haberse establecido previamente una relación transferencial entre el paciente y el analista, creado un ambiente propicio para que el sujeto pueda conocerse a sí mismo, trabajar con lo que le pasa y animarse al cambio.

Pudiendo ser el propio analista quien en esta oportunidad represente la figura amenazante para el sujeto, quien lo enfrentará a esa verdad inconsciente de la que el sujeto se está defendiendo sin saberlo.

Referencias 

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Licenciada en Psicología, en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especialización en Terapia Asistida con Perros en TACOP Argentina.

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