10 Formas Efectivas de Castigos para Niños

Los castigos para niños son necesarios a menudo para corregir comportamientos y evitar que vuelvan a ocurrir. Lo importante es saber cómo castigar y también cómo recompensar cuando se comportan de forma adecuada.

El castigo puede resultar un tema controvertido, más aún cuando es a niños a quienes lo aplicamos, y resulta normal que no sea algo agradable ni para ellos ni para los adultos que castigan.

castigo niño

El objetivo es educar a nuestros pequeños pero ¿hace falta aplicar un castigo para ellos? ¿cuándo es necesario llevarlo a cabo?

Puede ser cierto que haya que tener un poco de mano izquierda cuando hablamos de educación, pero hay que seguir unas pautas. 

¿Qué es el castigo?

En Psicología y ciencias afines, el castigo es un tipo de condicionamiento instrumental de naturaleza aversiva que se aplica cuando el objetivo es hacer que una determinada conducta de un individuo (en este caso, un niño) se elimine o reduzca.

Existen dos tipos de castigo según la contingencia que empleemos: por un lado, el castigo positivo; por otro, el negativo.

Se habla de castigo positivo cuando aplicamos un estímulo desagradable o aversivo cada vez que el pequeño realiza una conducta que queremos que se elimine.

En cuanto al castigo negativo, retiramos un estímulo que para el niño resulta agradable cada vez que éste lleve a cabo un comportamiento que queremos eliminar. Dentro de éste, encontramos dos variantes: el tiempo fuera y el coste de respuesta.

  • Tiempo fuera: consiste en retirar un estímulo apetitivo (normalmente, una acción, como jugar con la consola) durante un tiempo determinado en el cual privamos al niño de la oportunidad de disfrutar de aquello que le resulta agradable. Más tarde veremos algunos ejemplos en profundidad sobre esta técnica.
  • Coste de respuesta: consiste en la pérdida por parte del niño de un reforzador que previamente éste adquirió.

Pautas para aplicar el castigo

El castigo que vayamos a aplicar, sin embargo, no se puede aplicar “en vacío” y tiene que seguir unas pautas para garantizar su eficacia, tanto inmediatamente como a largo plazo.

Aunque polémico, el castigo bien empleado puede ser beneficioso para el niño, sobre todo si queremos enseñarle que sus actos tienen repercusiones que no siempre son agradables y si queremos inculcarles cierto dominio de la frustración y tolerancia a ésta.

  • Nunca ha de ser humillante, desproporcionado o agresivo y siempre tiene que tener fines educativos que sirvan a largo plazo como aprendizaje de vida del pequeño.
  • Veamos cuáles son las indicaciones generales para sacarle partido a la técnica del castigo:
  • Los castigos no pueden ser excesivos y han de ir en proporción directa con la conducta (nunca sin exceder unos límites). Es decir, tendrán una intensidad moderada (ni muy fuerte ni muy ligero)
  • Los castigos han de ser proporcionales a la edad del niño y a la gravedad del hecho que vamos a castigar.
  • Han de ser contingentes con la conducta que queremos eliminar y contiguos en el tiempo; o sea, tenemos que castigar al niño justo después de que lleve a cabo el comportamiento y de forma lógica.
  • Es más efectivo si basamos los castigos en actividades que sean de su interés (jugar a la consola, por ejemplo) en lugar de en cosas materiales (juguetes).
  • Tienen que ser comprensibles por los niños con el objetivo de que reflexionen sobre su comportamiento y no lo vuelvan a repetir. El fin ha de ser en todo momento reflexionar y promover un aprendizaje.
  • Los castigos deben cumplirse siempre. Es decir, si decimos que vamos a castigar al niño, no podemos ser transigentes con ello.
  • Un castigo no puede dar paso a una recompensa. Por ejemplo, si mandamos al niño a su cuarto porque ha hecho algo mal pero allí tiene un ordenador o juguetes, de nada habrá servido aislarlo.

10 formas de castigos para niños

1- Periodo de “descanso”

Si el niño ha sido irrespetuoso con nosotros, se ha enfadado o nos está gritando, el hecho de que nosotros le gritemos a él también sólo empeorará las cosas.

Lo apropiado en este caso sería enviarlo a su habitación para crear un período de “descanso” para que las cosas se enfríen, y pasar después a justificarle qué es lo que ha hecho mal.

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2- Castigo corporal leve

Si pensamos en actuar impulsivamente (es decir, utilizando la fuerza o la violencia con el niño) lo mejor será calmarnos (aunque sea difícil) y, de ser necesario, retirarnos nosotros y dejar al niño sólo un rato. Usar la fuerza con un niño sólo hace que nos coja miedo.

En caso de que nos decantemos por usar el castigo corporal, ha de ser leve y ha de usarse con moderación por la razón que acabamos de nombrar: el niño nos puede coger miedo y, además, le estaremos dando a entender que es lícito usar la fuerza cuando alguien hace algo mal.

Reserva el castigo corporal para las faltas más graves que no pueden volver a repetirse o para las acciones que tengan consecuencias muy fuertes o incluso de mucho peligro (por ejemplo, vemos que un niño está metiendo los dedos en el enchufe)

3- Enséñale las consecuencias de su actos

Imaginemos que nuestro hijo o hija tiene que entregar un trabajo para el colegio el día siguiente. Tenía dos semanas para hacerlo, pero aún así ha esperado al último día y ya no da tiempo para hacerlo. Sabes que te va a pedir ayuda; sin embargo, y aunque nos dé un poco de pena, no tenemos que ceder.

Es decir, no los rescates cuando hayan actuado por sus propios intereses y buscando el reforzador inmediato y no por el beneficio de su futuro. No te pongas siempre de su parte, en un futuro él mismo tendrá que sacar las castañas del fuego.

Él mismo tiene que aprender a sentir que sus actos tienen consecuencias (muchas veces vergonzosas, como que la profesora le va a dar una regañina) y a saber gestionar su tiempo o llevar una pequeña agenda.

4- Coste de respuesta

Si el niño ha hecho algo mal y sabemos que tiene un objeto favorito (por ejemplo, un peluche cuando éste es pequeño), pasemos a retirarlo durante un tiempo determinado.

Vamos a enseñarle de nuevo que sus actos tienen consecuencias que en muchas ocasiones no serán agradables para ellos. Esta técnica se denomina coste de respuesta, y consiste en retirarle a la persona un reforzador material.

5- Castigo sin salir

Pasemos ahora al clásico “castigado sin salir”. Nos puede resultar un poco difícil castigarlo sin ir al cine o sin salir con sus amigos porque haya hecho algo mal.

Sin embargo, no podemos ceder y tenemos que hacerlo durante un tiempo razonable (tampoco vamos a privarlo de vida social durante un mes). Recordemos que el castigo siempre hay que hacerlo con cabeza.

6- Asígnale tareas que no le gustan

El siguiente consejo no es directamente un castigo, pero puede ayudarnos a disciplinar al pequeño. No suele ser agradable para los niños tareas cotidianas como lavarse los dientes. Por ello, cuando le digamos al niño que “ya va siendo hora de lavarse los dientes” y éste rechiste, podemos coger su juguete favorito y decirle algo así como “¡el osito se los va a lavar contigo también!”.

De esta forma, y aunque no sea un castigo como tal, podemos enseñarle una forma más amena de hacer las actividades que no le gustan contando con un reforzador como puede ser un peluche.

7- Quítale actividades reforzantes

Apliquemos el tiempo al castigo ahora. Si nuestro pequeño ha hecho algo mal, pasemos a quitarle una actividad reforzante para él (recordemos que normalmente eliminar actividades agradables es más efectivo que retirar cosas materiales cuando de castigo se trata).

Si sabemos que nuestro hijo o hija se desvive por su consola o los videojuegos, pasemos a castigarlo sin jugar durante el tiempo que consideremos necesario y, en lugar de desarrollar dicha actividad, mandémoslo a su cuarto.

No olvidemos que el tiempo que tengamos a nuestro hijo sin acceder a tal actividad ha de ser proporcional a la edad del pequeño y a la gravedad de sus actos. Podemos tomar alguna referencia; por ejemplo, 15 minutos de castigo por cada año que tenga el niño.

8- Reparar el daño

Usemos la restauración. Supongamos que nuestro niño ha pintado la pared del salón con ceras y, supongamos que también, que el “delito” ha sido más grave aún porque la pared estaba recién pintada.

En este caso, el castigo para el niño será reparar los daños. Es decir, tendrá que limpiar lo que ha hecho y no saldrá hasta que no haya terminado.

De esta forma aprenderá que la responsabilidad no puede recaer siempre en los demás y que tú, como madre o padre, no siempre te vas a hacer cargo de lo que él haga de forma negativa.

9- Enseña a tu hijo a disculparse

Además de castigarlo, tenemos que establecer la norma de que, tras ser castigado, tiene que pedir disculpas de forma sincera por lo que ha hecho.

El hecho de pedir perdón no suele ser un proceso agradable para un niño. Por tanto, además de pasar por la experiencia aversiva a modo de castigo, le estaremos enseñando que en la vida adulta habrá numerosas ocasiones en las que meterá la pata y tendrá que pedir disculpas.

10- Más vale prevenir que curar

Debemos tener en mente el famoso refrán. Adelántate al comportamiento de tu hijo, tú eres quien mejor lo conoce. Anticípalo y evita que se dé una situación desagradable en la medida de lo posible.

Como padres, tenemos que aprender a castigar, pero en muchas ocasiones lo más efectivo puede ser retirarla la atención o ser lacónicos con los niños. Muchos comportamientos desaparecen si de ellos no emana nada. Por ejemplo, si un niño se pone caprichoso, podemos probar a retirar la atención con el fin de extinguir su conducta.

Conclusiones

Como conclusión, vamos a reflexionar un poco sobre el castigo. Antes que nada, tenemos que señalar que no todo es castigo, ni todo el monte es orégano. Esto quiere decir que siempre tenemos que buscar el punto medio.

Por supuesto, un niño no se va a comportar por naturaleza siempre mal (ni siempre bien) y tenemos que saber cuándo recompensar por su buena conducta.

Se hace necesario recordar que lo más efectivo para mantener un comportamiento transituacional y temporalmente es mediante el reforzamiento positivo. Un simple halago cuando nos sintamos orgullosos de nuestros niños puede ser muy beneficioso para ellos, sobre todo en etapas tan cruciales como la infancia y adolescencia temprana.

Reforzar una conducta positiva es perfectamente compatible con extinguir o eliminar aquella que nos desagrada. Por ejemplo, si el niño lloriquea durante un rato y luego empieza a jugar tranquilamente con sus peluches, podemos probar a ignorar el llanto y jugar con él cuando el lloriqueo cesa.

Claro está que la efectividad de un castigo se rige por diferencias individuales; esto es, a cada niño le será más efectivo un castigo determinado.

El hecho de que al hijo de nuestro compañeros le sirva quedarse sin salir (la conducta castigada no se repite más cuando aplicamos este castigo concreto) no quiere decir que a nuestro pequeño eso le resulte útil.

Realmente tenemos que conocer el bagaje psicológico de nuestro hijo para poder determinar qué es lo más útil a la hora de eliminar conductas indeseables o desadaptativas. En ocasiones, la técnico de la extinción será ideal.

Otras veces, un castigo negativo (retirar un estímulo reforzante cuando la persona ha hecho una acción que queremos eliminar) será la mejor opción.

Otra cuestión muy importante es predicar con el ejemplo, pues hemos de recordar que el aprendizaje vicario u observacional es una fuente muy relevante para los niños, máxime cuando se trata de modelos de referencia muy cercanos como son los padres.

Por supuesto, educar en el cariño es crucial para tener un hijo sano y equilibrado mentalmente. Mostrarle amor al niño puede ser una de las claves para que su comportamiento sea predominantemente positivo y mantenga una actitud cariñosa, educada y sociable en su vida de adolescente y adulto.

Al final, el castigo simplemente será un apoyo en la educación de los niños y, en definitiva, lo que tenemos que buscar es siempre promover un aprendizaje que le dure toda la vida y no sencillamente buscar un castigo inmediato, que con total seguridad quedará en vacío.

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Graduada en Psicología. Máster en Criminología y Ciencias Forenses

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