¿Qué es la agresividad?

La agresividad es una interacción social, a menudo perjudicial, que tiene la intención de infligir daño a otro individuo. Puede ocurrir en represalia o sin provocación.  La agresión humana se puede clasificar en agresión directa e indirecta, mientras que la primera se caracteriza por comportamientos físicos o verbales destinados a causar daño a alguien, la segunda se caracteriza por un comportamiento destinado a dañar las relaciones sociales de un individuo o un grupo.

Casi todas las especies animales llevan a cabo conductas agresivas, las cuales integran desde conductas intimidatorias, como enseñar los dientes, hasta el ataque directo, que, en el caso de los humanos, puede ser tanto físico como verbal.

agresividad

El patrón de movimientos y posturas que lleva a cabo el animal como expresión de su agresividad es diferente en cada especie y está altamente determinado genéticamente.

La mayoría de las conductas agresivas son llevadas a cabo por motivos reproductivos, ya sea de forma directa (luchar contra el contrincante) o indirecta, mostrando de lo que es capaz (por ejemplo, cazando).

Aunque este es el motivo más usual, también se muestran conductas agresivas por otros motivos como defender el territorio, obtener alimentos o como defensa.

Cuando un animal lleva a cabo una conducta intimidatoria, el animal al que va dirigida tiene dos opciones, la primera es defenderse atacando él también y la segunda es mostrar una conducta sumisa. El tipo de respuesta depende de muchos factores en los animales no humanos, pero en los humanos la cosa se complica y se añaden aún más factores como la autoestima.

En los grupos de animales no humanos son más usuales las conductas intimidatorias que los ataques, ya que de esta manera queda claro qué miembro del grupo es más fuerte y quién estará en una posición jerárquica superior sin la necesidad de hacer daño, o incluso matar, a ningún miembro del grupo, lo cual acarrearía muchas consecuencias negativas.

En estudios llevados a cabo con animales se ha comprobado que tipo de agresión que cometen cuando cazan es diferente a las agresiones producidas a miembros de la misma especie.

Cuando la conducta agresiva se realiza con la intención de cazar una presa es más racional y eficiente, mientras que si se realiza con la intención de intimidar o atacar a un miembro de la misma especie es mucho más violenta y el animal se activa más al realizarla.

La agresividad en humanos

Después de leer lo comentado anteriormente parece que la agresividad es una conducta claramente adaptativa, pero esto es así solo en animales no humanos. En los humanos es un grave problema social.

Para ilustrar el problema expondré un caso presentado por Holden en su artículo The violence of the lambs (La violencia de los corderos):

Hijo de una madre adolescente y alcohólica que le dejó con un padrastro alcohólico y abusivo, Steve era hiperactivo, irritable y desobediente cuando era niño… Tras abandonar la escuela a los 14 años, Steve pasó su adolescencia peleando, robando, tomando drogas y golpeando a sus novias… La orientación escolar, su agente de la libertad condicional y las reuniones con los servicios de protección infantil no pudieron evitar el desastre: A los 19 años, unas semanas después de su última entrevista con los investigadores, Steve visitó a una novia que había cortado con él recientemente, la encontró con otro hombre y le disparó varias veces hasta matarlo. El mismo día intentó quitarse la vida. Hoy en día está cumpliendo una condena de cadena perpetua sin libertad condicional”.

El caso de Steve es extremo, pero hay muchos casos de adultos que han tenido una historia complicada durante su infancia o adolescencia y que hoy en día presentan conductas agresivas. A parte de la propia historia, hay otras variables que afectan el nivel de agresividad que presenta cada persona, como el temperamento o factores genéticos y biológicos.

Factores que afectan a la agresividad

Temperamento

Según la Teoría Regulativa del Temperamento de Strelau el temperamento funciona como una variable moduladora entre los factores biológicos y la conducta.

Tiene un alto componente genético, pero también se ve afectado por variables ambientales como la propia experiencia.

Se manifiesta en cualquier tipo de conducta, es decir todo lo que hacemos lo hacemos con el mismo temperamento, por lo tanto, es altamente estable. Aunque el grado de estabilidad depende de cada persona.

El temperamento viene definido por los componentes energéticos y temporales de los comportamientos:

  • Componentes energéticos
    • Reactividad: se define como la intensidad y magnitud de las reacciones ante los estímulos.
    • Actividad: cantidad y nivel de actividad necesarios para llegar el nivel óptimo de estimulación.
  • Componentes temporales
    • Vivacidad: velocidad al iniciar la acción.
    • Perseverancia: tiempo que se mantiene la respuesta hasta que se extingue.

Las personas agresivas tienen una mayor reactividad ante los estímulos y necesitan menos energía para llegar a su nivel óptimo de estimulación, por ello también responderían más rápido.

Eysenck también elaboró una teoría interesante sobre el temperamento, la Teoría Biofactorial. El estudio llevado a cabo para corroborar esta teoría constó de dos partes, en primer lugar, elaboró una clasificación de los rasgos según el tipo de temperamento, y, en segundo lugar, los correlacionó con algunos marcadores biológicos.

Su primera categorización estaba formada por el neuroticismo, la extraversión y la sinceridad, más tarde incluyó también el psicoticismo.

Según esta teoría, la agresividad se incluiría dentro del tipo de personalidad extrovertido, además de otros rasgos representados en el siguiente gráfico.

Grafica 1En la segunda fase encontró una correlación entre este tipo de personalidad y otros factores, al ser la agresividad un rasgo de este tipo de personalidad, se considera que también existe una relación entre estos factores y la agresividad.

Tabla 1

Factores biológicos

Algunos estudios han encontrado características en el cerebro de las personas agresivas que las diferencian de las no agresivas. A continuación, se exponen algunos resultados obtenidos.

La serotonina juega un papel importante en la modulación de los comportamientos agresivos. En concreto parece ser que inhibe este tipo de comportamientos, de manera que niveles bajos de serotonina estarían relacionados con las conductas agresivas y otro tipo de comportamientos antisociales.

Si la hipótesis anterior es cierta, entonces tomar fármacos que aumenten los niveles de serotonina podría disminuir las conductas agresivas. En un estudio llevado a cabo por Coccaro y Kavoussi (1997) se encontró que los participantes a los que se les administró fluoxetina (un potenciador de la serotonina) presentaban menos irritabilidad y agresividad que al comienzo del estudio.

Otros investigadores se han centrado en relacionar los comportamientos violentos con la regulación emocional.

Cuando nos sentimos frustrados o enfadados nos entran ganas de llevar a cabo comportamientos agresivos, pero, normalmente, los controlamos e intentamos calmarnos a nosotros mismos. Puede que el problema de las personas agresivas resida ahí, en que no pueden controlar sus emociones y pensamientos cuando se frustran y las llevan a cabo.

La corteza prefrontal ventromedial juega un papel importante en la modulación de nuestra respuesta ante estímulos o situaciones frustrantes. Aunque este proceso no puede depender enteramente de esta área pues para llevarlo a cabo hay que realizar un análisis sensorial del estímulo, hacer una inferencia sobre lo que significa para nosotros, teniendo en cuenta nuestras experiencias previas (propias y de las personas de nuestro alrededor), hacer un juicio de qué respuesta debemos dar, etc.

La corteza prefrontal ventromedial está conectada con áreas del cerebro que controlan los procesos necesarios para controlar nuestra respuesta ante estímulos frustrantes, como el hipocampo (imprescindible para la memoria), áreas sensoriales, la amígdala (importante para darle un sentido emocional a las experiencias). Posiblemente la importancia de la corteza prefrontal ventromedial venga determinada por sus conexiones con otras áreas.

Existen casos que demuestran la importancia de esta área, de hecho, uno de ellos es posiblemente el caso más conocido en el mundo de la psicología, estoy hablando del caso de Phineas Gage.

Phineas trabajaba como capataz en la construcción de una línea de ferrocarril, pero un día ocurrió un accidente que le cambiaría la vida. Phineas estaba usando una vara de hierro para meter pólvora en un agujero cuando la pólvora explotó y la vara le atravesó la cabeza, entrando por pómulo y saliendo por la corteza frontal.

Milagrosamente, Phineas sobrevivió al accidente, pero sus familiares y personas más allegadas notaron un cambio notable en su conducta. Siempre había sido un hombre serio y responsable pero después del accidente se volvió infantil, irresponsable, irritable y parecía que los demás no le importaban en absoluto.

Los médicos observaron en una resonancia magnética que el accidente había destrozado casi al completo la corteza prefrontal ventromedial. A lo largo de la historia se han estudiado muchos otros casos de personas con la corteza prefrontal ventromedial dañada y en todos se han observado síntomas parecidos a los de Phineas.

El síntoma más remarcable de estas personas es que son incapaces de tomar decisiones que impliquen dilemas morales o éticos de una manera eficiente. Las evidencias obtenidas en todos los estudios realizados hasta el momento sugieren que la corteza prefrontal ventromedial sirve como nexo entre las áreas cerebrales relacionadas con las respuestas emocionales automáticas y aquellas relacionadas con el control de los comportamientos complejos.

Puede parecer que estos síntomas no tienen mucho que ver con la agresividad, pero si no se modulan los inputs emocionales provenientes de la amígdala pueden darse conductas agresivas provocadas por la ira. De hecho, en un estudio realizado por Raine (2008) en el que los participantes eran asesinos, se encontró que éstos tenían una hiperactivación de la amígdala y una hipofunción de la corteza prefrontal, lo cual podría explicar que identifiquen más estímulos como negativos y que no sean capaz de controlar esas emociones negativas, llevando de ese modo conductas agresivas.

Las hipótesis explicativas de la agresividad que he mencionado en este apartado, los bajos niveles de serotonina y una hipofunción de la corteza prefrontal, no son excluyentes, de hecho, se apoyan la una a la otra ya que la corteza prefrontal recibe muchas proyecciones serotoninérgicas y se cree que estas proyecciones activan esta área y ésta, a su vez, inhibe la amígdala. De modo que si los niveles de serotonina bajan la corteza prefrontal se activará menos y la amígdala se activará más.

Trastornos relacionados con la agresividad

Hay una serie de trastornos en los cuales es especialmente importante el componente agresivo, estos se engloban en el DSM-5 dentro de los Trastornos disruptivos del control de los impulsos y de la conducta.

Estos trastornos implican un problema en el control de los impulsos conductuales y emocionales. Suelen ser más frecuentes en hombres que en mujeres y en personas extrovertidas y desinhibidas y aparecen desde la infancia.

Muchos de los comportamientos agresivos observados en niños son debidos a estos trastornos.

Trastorno Negativista Desafiante

Los niños y adolescentes que sufren este trastorno se caracterizan por tener una actitud hostil, desobediente, desafiante y negativista hacia las figuras de autoridad (padres, profesores…).

El comportamiento de estas personas causa un gran malestar en las personas de su entorno, pero a ellos no parece importarles ya que no piensan que tengan un problema y no se ven como responsables de los actos que comenten.

Este trastorno es más frecuente en familias en las cuales los padres son muy controladores y llevan a cabo prácticas educativas autoritarias.

Los criterios diagnósticos del DSM-5 son los siguientes:

  1. Un patrón de enfado/ irritabilidad, discusiones/actitud desafiante o vengativa que dura por lo menos seis meses, que se manifiesta por lo menos con cuatro síntomas de cualquiera de las categorías siguientes y que se exhibe durante la interacción por lo menos con un individuo que no sea un hermano.

Enfado/irritabilidad

  1. A menudo pierde la calma.
  2. A menudo está susceptible o se molesta con facilidad.
  3. A menudo está enfadado y resentido.

Discusiones/actitud desafiante

  1. Discute a menudo con la autoridad o con los adultos, en el caso de los niños y los adolescentes.
  2. A menudo desafía activamente o rechaza satisfacer la petición por parte de figuras de autoridad o normas.
  3. A menudo molesta a los demás deliberadamente.
  4. A menudo culpa a los demás por sus errores o su mal comportamiento.

Vengativo

  1. Ha sido rencoroso o vengativo por lo menos dos veces en los últimos seis meses

Nota: Se debe considerar la persistencia y la frecuencia de estos comportamientos para distinguir los que se consideren dentro de los límites normales, de los sintomáticos. En los niños de 244 Trastornos destructivos y de la conducta menos de cinco años el comportamiento debe aparecer casi todos los días durante un periodo de seis meses por lo menos, a menos que se observe otra cosa (Criterio A8). En los niños de cinco años o más, el comportamiento debe aparecer por lo menos una vez por semana durante al menos seis meses, a menos que se observe otra cosa (Criterio A8). Si bien estos criterios de frecuencia se consideran el grado mínimo orientativo para definir los síntomas, también se deben tener en cuenta otros factores, por ejemplo, si la frecuencia y la intensidad de los comportamientos rebasan los límites de lo normal para el grado de desarrollo del individuo, su sexo y su cultura.

  1. Este trastorno del comportamiento va asociado a un malestar en el individuo o en otras personas de su entorno social inmediato (es decir, familia, grupo de amigos, compañeros de trabajo) o tiene un impacto negativo en las áreas social, educativa, profesional u otras importantes.
  2. Los comportamientos no aparecen exclusivamente en el transcurso de un trastorno psicótico, un trastorno por consumo de sustancias, un trastorno depresivo o uno bipolar. Además, no se cumplen los criterios de un trastorno de desregulación perturbador del estado de ánimo.

Especificar la gravedad actual:

Leve: Los síntomas se limitan a un entorno (p. ej., en casa, en la escuela, en el trabajo, con los compañeros).

Moderado: Algunos síntomas aparecen en dos entornos por lo menos.

Grave: Algunos síntomas aparecen en tres o más entornos.

Para tratar este trastorno es fundamental que los padres se impliquen en la terapia y que lleven a cabo los consejos que les dé el profesional también en casa. Normalmente se combina la terapia individual con la familiar.

Trastorno explosivo intermitente

Las personas que sufren este trastorno tienen episodios repetidos de falta de control en los cuales se muestran impulsivos, agresivos y violentos. Reaccionan de una manera desproporcionada ante situaciones que les parecen frustrantes.

En estos episodios pueden llegar a destruir objetos y atacar a otras personas o si mismos causándose lesiones.

A diferencia de las personas con trastorno negativista desafiante, estas personas si suelen darse cuenta de lo que han hecho más tarde y sienten arrepentimiento y vergüenza.

Este trastorno es usual en niños con padres que muestran también un comportamiento explosivo y es muy probable que también influyan componentes genéticos y biológicos.

Los criterios diagnósticos según el DSM-5 son los siguientes:

1- Arrebatos recurrentes en el comportamiento que reflejan una falta de control de los impulsos de agresividad, manifestada por una de las siguientes:

    1. Agresión verbal (p. ej., berrinches, diatribas, disputas verbales o peleas) o agresión física contra la propiedad, los animales u otros individuos, en promedio dos veces por semana, durante un periodo de tres meses. La agresión física no provoca daños ni destrucción de la propiedad, ni provoca lesiones físicas a los animales ni a otros individuos.
    2. Tres arrebatos en el comportamiento que provoquen daños o destrucción de la propiedad o agresión física con lesiones a animales u otros individuos, sucedidas en los últimos doce meses.

La magnitud de la agresividad expresada durante los arrebatos recurrentes es bastante desproporcionada con respecto a la provocación o cualquier factor estresante psicosocial desencadenante.

2- Los arrebatos agresivos recurrentes no son premeditados (es decir, son impulsivos o provocados por la ira) ni persiguen ningún objetivo tangible (p. ej., dinero, poder, intimidación).

3- Los arrebatos agresivos recurrentes provocan un marcado malestar en el individuo, alteran su rendimiento laboral o sus relaciones interpersonales, tienen consecuencias económicas o legales.

4- El individuo tiene una edad cronológica de seis años por lo menos (o un grado de desarrollo equivalente).

5- Los arrebatos agresivos recurrentes no se explican mejor por otro trastorno mental (p. ej., trastorno depresivo mayor, trastorno bipolar, trastorno de desregulación perturbador del estado de ánimo, trastorno psicótico, trastorno de la personalidad antisocial, trastorno de personalidad límite), ni se pueden atribuir a otra afección médica (p. ej., traumatismo craneoencefálico, enfermedad de Alzheimer) ni a los efectos fisiológicos de alguna sustancia (p. ej., drogadicción, medicación). En los niños de edades comprendidas entre 6 y 18 años, a un comportamiento agresivo que forme parte de un trastorno de adaptación no se le debe asignar este diagnóstico.

Nota: Este diagnóstico se puede establecer además del diagnóstico de trastorno de déficit de atención con hiperactividad, trastornos de conducta, trastorno negativista desafiante o trastorno del espectro del autismo, cuando los arrebatos agresivos impulsivos recurrentes superen a los que habitualmente se observan en estos trastornos y requieran atención clínica independiente.

Es muy importante que el tratamiento se centre en el control de los impulsos, primero guiado, y que el paciente vaya adquiriendo autonomía para que él mismo pueda controlarse en esas situaciones. En los casos más graves suele combinarse la psicoterapia y la medicación.

Trastorno de la conducta

Las personas que sufren este trastorno llevan a cabo comportamientos de forma reiterada en los que no tienen en cuenta los derechos de los demás ni las normas sociales (o establecidas por las autoridades).

Hay cuatro patrones de comportamientos que se pueden diferenciar dentro de este trastorno:

  • Conducta agresiva.
  • Conducta destructiva.
  • Engaño.
  • Transgresión de las reglas.

Este tipo de trastorno es frecuente en familias desestructuradas o en niños que han pasado grandes temporadas cambiando de cuidadores o en un centro de menores.

Los criterios diagnósticos según el DSM-5 son los siguientes:

  1. Un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que no se respetan los derechos básicos de otros, las normas o reglas sociales propias de la edad, lo que se manifiesta por la presencia en los doce últimos meses de por lo menos tres de los quince criterios siguientes en cualquier de las categorías siguientes, existiendo por lo menos uno en los últimos seis meses:

Agresión a personas y animales (criterios 1-7), destrucción de la propiedad (criterios 8 y 9), engaño o robo (criterios 10-12) e incumplimiento grave de normas (criterios 13-15):

Agresión a personas o animales

  1. A menudo acosa, amenaza o intimada a otros.
  2. A menudo inicia peleas.
  3. Ha usado un arma que puede provocar serios daños a terceros (p. ej., un bastón, un ladrillo, una botella rota, un cuchillo, un arma).
  4. Ha ejercido la crueldad física contra personas.
  5. Ha ejercido la crueldad física contra animales.
  6. Ha robado enfrentándose a una víctima (p. ej., atraco, robo de un monedero, extorsión, atraco a mano armada).
  7. Ha violado sexualmente a alguien.

Destrucción de la propiedad

  1. Ha prendido fuego deliberadamente con la intención de provocar daños graves.
  2. Ha destruido deliberadamente la propiedad de alguien (pero no por medio del fuego).

Engaño o robo

  1. Ha invadido la casa, edificio o automóvil de alguien.
  2. A menudo miente para obtener objetos o favores, o para evitar obligaciones (p. ej. “engaña” a otros).
  3. Ha robado objetos de valor no triviales sin enfrentarse a la víctima (p. ej., hurto en una tienda sin violencia ni invasión; falsificación).

Incumplimiento grave de las normas

  1. A menudo sale por la noche a pesar de la prohibición de sus padres, empezando antes de los 13 años.
  2. Ha pasado una noche fuera de casa sin permiso mientras vivía con sus padres o en un hogar de acogida, por lo menos dos veces o una vez sí estuvo ausente durante un tiempo prolongado.
  3. A menudo falta en la escuela, empezando antes de los 13 años.
  4. El trastorno del comportamiento provoca un malestar clínicamente significativo en las áreas social, académica o laboral.
  5. Si la edad del individuo es de 18 años o más, no se cumplen los criterios de trastorno de la personalidad antisocial.

Especificar si:

312.81 (F91.1) Tipo de inicio infantil: Los individuos muestran por lo menos un síntoma característico del trastorno de conducta antes de cumplir los 10 años.

312.82 (F91.2) Tipo de inicio adolescente: Los individuos no muestran ningún síntoma característico del trastorno de conducta antes de cumplir los 10 años.

312.89 (F91.9) Tipo de inicio no especificado: Se cumplen los criterios del trastorno de conducta, pero no existe suficiente información disponible para determinar si la aparición del primer síntoma fue anterior a los 10 años de edad.

Especificar si:

Con emociones prosociales limitadas: Para poder asignar este especificador, el individuo ha de haber presentado por lo menos dos de las siguientes características de forma persistente durante doce meses por lo menos, en diversas relaciones y situaciones. Estas características reflejan el patrón típico de relaciones interpersonales y emocionales del individuo durante ese período, no solamente episodios ocasionales en algunas situaciones. Por lo tanto, para evaluar los criterios de un especificador concreto, se necesitan varias fuentes de información. Además de la comunicación del propio individuo, es necesario considerar lo que dicen otros que lo hayan conocido durante periodos prolongados de tiempo (p. ej., padres, profesores, compañeros de trabajo, familiares, amigos).

Falta de remordimientos o culpabilidad: No se siente mal ni culpable cuando hace algo malo (no cuentan los remordimientos que expresa solamente cuando le sorprenden o ante un castigo). El individuo muestra una falta general de preocupación sobre las consecuencias negativas de sus acciones. Por ejemplo, el individuo no siente remordimientos después de hacer daño a alguien ni se preocupa por las consecuencias de transgredir las reglas.

Insensible, carente de empatía: No tiene en cuenta ni le preocupan los sentimientos de los demás. Este individuo se describe como frío e indiferente. La persona parece más preocupada por los efectos de sus actos sobre sí mismo que sobre los demás, incluso cuando provocan daños apreciables a terceros.

Despreocupado por su rendimiento: No muestra preocupación respecto a un rendimiento deficitario o problemático en la escuela, en el trabajo o en otras actividades importantes. El individuo no realiza el esfuerzo necesario para alcanzar un buen rendimiento, incluso cuando las expectativas son claras, y suele culpar a los demás de su rendimiento deficitario.

Afecto superficial o deficiente: No expresa sentimientos ni muestra emociones con los demás, salvo de una forma que parece poco sentida, poco sincera o superficial (p. ej., con acciones que contradicen la emoción expresada; puede “conectar” o “desconectar” las emociones rápidamente) o cuando recurre a expresiones emocionales para obtener beneficios (p. ej., expresa emociones para manipular o intimidar a otros).

Al igual que ocurre en el resto de trastornos, para que la terapia funcione, es primordial que tanto el paciente como las personas que le rodean se comprometan a seguir los consejos del profesional. Si el problema persiste debido a la familia puede ser necesario separar al niño.

Trastorno Antisocial de la Personalidad

Este trastorno se encuentra dentro del grupo del grupo B de los trastornos de personalidad en el DSM-5, en este grupo se incluyen los individuos excesivamente extrovertidos, emocionales, impulsivos e inestables.

A diferencia de los anteriores, este trastorno solo puede ser diagnosticado a adultos.

Los criterios diagnósticos según el DSM-5 son los siguientes:

  1. Un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás que se presenta desde la edad de 15 años, como lo indican tres (o más) de los siguientes ítems:
  2. Fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención
  3. Deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer
  4. Impulsividad o incapacidad para planificar el futuro
  5. Irritabilidad y agresividad, indicados por peleas físicas repetidas o agresiones
  6. Despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás
  7. Irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas
  8. Falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros.
  9. El sujeto tiene al menos 18 años.
  10. Existen pruebas de un trastorno de conducta que comienza antes de la edad de 15 años.
  11. El comportamiento antisocial no aparece exclusivamente en el transcurso de una esquizofrenia o un episodio maníaco.

Hay una gran comorbilidad de este trastorno con el abuso de sustancias, por lo tanto, la terapia comienza tratando los malos hábitos que pudieran estar agravando el problema.

Referencias

  1. APA. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-5. Washington: APA.
  2. Cano García, F., García Martínez, J., Rodríguez Franco, L., & Antuña Bellerín, M. (2005). Introducción a la Psicología de la Personalidad aplicada a las Ciencias de la Educación. En F. Cano García, J. García Martínez, L. Rodríguez Franco, & M. Antuña Bellerín. Sevilla: MAD‐Trillas Eduforma.
  3. Carlson, N. R. (2010). Anger, Aggression, and Impulse Control. En N. R. Carlson, Physiology og behavior (págs. 372-383). Boston: Pearson.
  4. Catalán Bitrián, J. L. (s.f.). Agresividad. Recuperado el 04 de Abril de 2016, de COP: http://www.cop.es/colegiados/A-00512/psico_agresividad.html
  5. Molinuevo Alonso, B. (2014). Trastorno disocial y DSM-5: cambios y nuevos retos. C. Med. Psicosom, 53-57.
  6. Paris, J. (2015). Antisocial personality disorder. En J. Paris, A concise guide to personality disorders (págs. 65-71). APA. 
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Graduada en Psicología y estudiante del máster en Cerebro y Conducta y del Doctorado en Psicología de la Universidad de Sevilla. Especialista en el campo de las neurociencias y la psicofisiología.

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